¿Por qué hay un aumento de estos actos
violentos en la región? Un análisis de los posibles factores que alimentan
actitudes favorables a tomarse la justicia por su mano entre la ciudadanía de
algunos países latinoamericanos.
Los pies de una mujer linchada y quemada por una turba en San Vicente Pacaya, Guatemala. La mujer fue capturada por habitantes locales tras ser acusada de asesinar a su hijastra. Johan Ordóñez/AFP/Getty Images
Domingo
6 de septiembre de 2015. Autobús de línea entre Ranchería-San Cristóbal Centro,
en el municipio de Ecatepec, Estado de México, donde el Papa Francisco celebraba recientemente la misa más concurrida de su visita al país. Dos hombres suben al autobús armados con cuchillos y comienzan a asaltar a los
pasajeros. Los asaltos a autobuses en el municipio se han convertido en algo
habitual y la impunidad de los delincuentes es casi absoluta. Pero ese domingo
varios pasajeros del autobús de línea no estuvieron dispuestos a convertirse en
otras víctimas más. Se abalanzaron sobre los asaltantes y lograron
inmovilizarlos con una cadena. Uno de los pasajeros sugirió entonces que, para
evitar que los asaltantes tomasen futuras represalias, les sacasen los ojos.
Así lo hicieron. La policía detuvo a los pasajeros del autobús, pero terminaron
siendo puestos en libertad: ninguno de los pasajeros denunció a los agresores
directos de los asaltantes.
En
un estudio publicado en México sobre los linchamientos registrados en ese país entre 1988 y abril de
2014, se contabilizaron 366 casos de linchamientos −266 intentos y 100
linchamientos consumados−, una media de 13 por año. Uno de los autores del
estudio, Raúl Rodríguez Guillén explica a esglobal que, entre 2010 y 2014, se registró un aumento considerable de los
casos de linchamiento, con una media de 32 casos por año. En 2015, las cifras
se dispararon, registrándose 112, entre intentos de linchamiento y
linchamientos consumados. La mayoría de estos actos de violencia se concentran
en unos pocos estados del país, del centro y del sur, principalmente.
México
no es el único país de América Latina en el que se producen estas acciones. En
los últimos meses se han registrado casos –algunos con violencia extrema que
causaron muertes– en Estados comoGuatemala, El Salvador, Bolivia, Argentina o Brasil. Al igual que ocurre en México, los linchamientos han aumentado dramáticamente en
Venezuela, país en el que confluyen una crisis
económica aguda y un desbordamiento de la criminalidad.
Características
y repercusión
Carlos
M. Vilas, politólogo argentino que se ha ocupado en varios estudios del
fenómeno de los linchamientos en diversos países de América Latina y es una
referencia continental en la materia, ha descrito qué podemos entender por
linchamiento: 1) una acción colectiva, 2) de carácter privado e ilegal, 3) que
puede provocar la muerte de la víctima, 4) en respuesta a actos o conductas de
ésta, 5) quien se encuentra en inferioridad numérica abrumadora frente a los
linchadores. En conversación por correo electrónico con esglobal, Vilas distingue entre países en los que sí han aumentado
significativamente los casos de linchamientos y aquellos en los que ha
aumentado el debate sobre el fenómeno. “A veces los casos adquieren mucha
resonancia por su extravagancia: es, me parece, el caso de Argentina y en
general de sociedades más institucionalizadas, donde el recurso de tomarse la
justicia por su mano con un amplio repudio social. Al contrario, en sociedades
como Bolivia, sur de Perú o zonas de México, hay una especie de tendencia
social a la justificación de estos hechos por la inacción o la ineficacia de
las instituciones de seguridad”.
Aceptación
social de los linchamientos
Respecto
a esa consideración social mencionada por Vilas, en el último Barómetro de las Américas(2014), una encuesta realizada cada dos años en 26 países americanos
(con unas 1.500 entrevistas por país de media), se detectó que los porcentajes
de encuestados favorables a tomarse la justicia por su mano, sin dejar de ser
minoritarios, eran los más elevados de la última década. Con una media de
aceptación situada en el 30% de los encuestados, los países en los que se
registró más apoyo a este comportamiento fueron, en este orden, Republica
Dominicana (42,8%), Paraguay (42,3%) y Perú (40,6%). Mientras que en Panamá
(25,1%), Brasil (23,5%) y Trinidad y Tobago (19,2%) se presentaron las tasas de
aprobación más bajas. Sorprende que en los dos Estados más desarrollados del
continente, Canadá y Estados Unidos, con un sistema judicial operativo y unas
instituciones funcionales, la tasa de aprobación sea tan elevada: un 36,3% en
EEUU y un 30,4%. También destaca que los jóvenes son más partidarios de la
justicia extra legal que los encuestados de mayor edad.
¿Cuáles
son las causas?
A
la hora de analizar los resultados, comparándolos con otros indicadores del
barómetro, los autores del informe detectaron una correlación entre el aumento
de las víctimas de corrupción policial y las víctimas de crímenes y el aumento
del apoyo a la justicia por mano propia. “La causa más evidente de un
linchamiento es la reacción ante el clima de inseguridad en algunas zonas
(rurales, urbanas y periurbanas), tanto en términos objetivos como subjetivos.
Por ejemplo: conflictos en materia normativa que generan la imagen de que los
delincuentes entran por una
puerta y salen por la otra, culpando a la
corrupción y a la complicidad institucional por ello”, nos explica Vilas.
“Otras veces es una explosión de ira furiosa producto del hartazgo social por
cuestiones como carestía, alteraciones en pautas tradicionales de conducta o
excusa para descargar broncas o frustraciones”. Vilas advierte que las
distintas razones que están detrás de los linchamientos complican su
equiparación: “¿Es posible colocar en la misma categoría general el asesinato
tumultuario y casi ritualístico de un alcalde que roba el presupuesto municipal
en el altiplano boliviano o en el sur del Perú con el de un ladrón de gallinas
en Guatemala o un ladronzuelo en el centro de Buenos Aires que pretendió robar
el reloj de pulsera de una turista?”.
‘Vigilantismo’
versus linchamientos
Ante
la falta de soluciones por parte de las fuerzas del orden para remediar el
“clima de inseguridad”, en determinadas zonas de algunos países
latinoamericanos han surgido en los últimos años grupos devigilantes, a menudo de carácter vecinal, que tratan de realizar las funciones
policiales que las fuerzas del orden establecidas no realizan. Son la ley donde
la ley no llega. En otras palabras: un fracaso del Estado del derecho.
En
el extremo de esta tendencia estarían los grupos paramilitares y parapoliciales
en países como Brasil, Colombia o El Salvador. El ejemplo más reciente y
conocido son los grupos de autodefensas mexicanos. Pero también podemos
encontrar grupos de vigilantes reconocidos por las leyes que se responden a
dinámicas históricas de justicia indígena, como las rondas campesinas, a menudo
de indígenas, establecidas en diversos Estados del continente, como Perú, Bolivia, Ecuador y también México. Responden, en buena medida, a una indefensión de comunidades rurales
a las que los Estados no ofrecen la seguridad y las herramientas del estado de
Derecho que sí se disfrutan, relativamente, en otras zonas del país.
En
algunos casos, estas agrupaciones de vigilantes paraestatales, sobre todo los
grupos de autodefensas, llevan a cabo actos que se califican de linchamientos.
En opinión de Carlos M. Vilas las acciones de estos grupos presentan
características diferenciadoras respecto a las acciones espontáneas de las
turbas. “Personalmente, distingo el linchamiento, que siempre tiene un marcado
coeficiente de espontaneidad y que por su propia naturaleza favorece la auto
exculpación de los involucrados (¿quién dio la patada, o el puñetazo, o la
pedrada, que ocasionó la muerte? ¿Fuenteovejuna?), del acto de linchamiento
premeditado. Aquí hay preparación previa o, como se dice a veces, una disposición
a la acción. En ambos casos hay una privatización de
facto de la violencia punitiva pero, en el caso de los vigilantes, existe
una cierta profesionalización del grupo, que es estable, a diferencia de la
mayoría de los linchamiento urbanos donde el grupo sólo existe en función del
hecho puntual: pasajeros de un autobús, transeúntes de una calle, que
reaccionan a la voz de “¡Al ladrón!”, sin mayor cohesión o “capital social” que
el hecho fortuito de compartir un trayecto de autobús o de pasar por una
cuadra”.
Comentarios
Publicar un comentario