De continuar
la actual situación política y militar en Siria el al presidente turco Erdogan le
podría ocurrir lo peor. Desde hace días, más exactamente desde el avance del
ejercito sirio en el norte en dirección a las localidades fronterizas con Turquía,
sufre ataques de nervios y alucinaciones: negociaciones secretas con Daesh, infructuosa
exigencia de una invasión terrestre y ahora (esta mañana) una zona de exclusión
aérea. O sea: lo propiamente imposible.
Mientras
tanto, ni Bachar el Assad ni sus detractores parecen pensar seriamente en el pueblo
sirio, objeto de todas las atrocidades, más a manos de los que pretenden
ayudarle que los acusados de oprimirlo.
Se baila en las
diferentes capitales europeas y hasta árabes. De Viena a Munich, de Doha a
Estambul, de Riad a Paris se habla de paz, haciendo guerra y se “preocupa” de
las poblaciones civiles, moviendo el cuchillo mil veces en sus heridas.
El mundo ha
perdido su conciencia. Todos contra uno y uno contra todos y Rusia e Irán por
medio.
Curiosamente
es Rusia quien habla de alto el fuego a pesar de que nadie, ni siquiera el
régimen, reconoce (hasta ahora) su ocupación de Siria. Lo que ilustra
cabalmente la dimensión del problema y la complicación de la función de una solución
negociada o un problema divergente.
Intervenir en
suelo sin aval del gobierno local seria una agresión caracterizada, cuyas
consecuencias nadie puede determinar por ahora.
Sin embargo más
fácil y más indemne es hacer la paz, contribuir a la paz, al dialogo, a la concertación,
a la negociación, a la distensión y en definitiva a luchar contra el terrorismo
auténtico enemigo de todos y verdadera amenazara para todos.
Y en este
tira y afloja, millones de sirios viven al filo del caos y del desastre.
Océanos de
lagrimas… toneladas de escombros y decenas de miles de tumbas. Muy difícil sentir
algún afecto hacia los responsables de
este drama… todos los responsables de este drama, sin excepción alguna.
¡Maldito sea
el poder! ¡Maldita sea la ambición y la codicia!
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