El
director de la Organización Internacional para las Migraciones, William
Lacy Swing, evalúa la devastación causada por el tifón Haiyan en la
ciudad de Tacloban en Filipinas. © IOM 2013 (Photo by Leonard Doyle).
Las decisiones políticas fundamentales sobre el cambio climático
deben considerarse importantes también en materia de migraciones. El
clima tiene un papel cada vez más fundamental en la búsqueda de
soluciones eficaces a las preocupaciones actuales sobre las migraciones,
y, a la inversa, éstas pueden facilitar los esfuerzos para adaptarse a
un mundo que se calienta.
Vivimos en una época que está experimentando los mayores movimientos
humanos de la historia. Más de 232 millones de personas tienen su hogar
en un país distinto del suyo. Y dentro de las fronteras, los datos son
aún más sorprendentes: un estudio de Gallup
demuestra que en los últimos cinco años 1 de cada 10 adultos ha
cambiado de lugar de residencia, es decir, el 5% de la humanidad. Los
migrantes nacionales e internacionales constituyen más de una séptima
parte de la población mundial.
Las migraciones son un factor tremendamente positivo para todas las
sociedades: por ejemplo, hacen posible la agilidad de las economías más
robustas del mundo, en las que la gente sigue los puestos de trabajo en función de los ciclos comerciales, lo cual alivia las presiones del empleo y permite obtener la máxima productividad.
En el plano internacional, las migraciones contribuyen también de
forma importante a la reducción de la pobreza. Las remesas que se envían
a los países en vías de desarrollo superan ya los 400.000 millones de
dólares anuales, más del triple de la ayuda oficial al desarrollo. Y las
diásporas contribuyen mediante inversiones, negocios y transferencias
de conocimientos entre los países de origen y los de acogida.
Las migraciones bien gestionadas benefician a todos
La misión de la OIM (Organización Internacional para las Migraciones)
es apoyar a los gobiernos y los socios con el fin de obtener los
máximos beneficios de las migraciones y reducir lo más posible los
riesgos, en particular los que afectan a aquellos que dejan sus países
de origen. El Consejo de la OIM, la máxima autoridad de la Organización,
se reunió a finales de noviembre para debatir la cuestión de las
migraciones, el clima y el medio ambiente. Era la primera vez que el
Consejo abordaba el tema, claro indicio de que existe cada vez más
conciencia política sobre la relación entre el clima y las migraciones.
La Organización se ha dedicado los 20 últimos años a encontrar el punto
de unión entre las preocupaciones medioambientales y los problemas
migratorios.
En dicha ocasión se consolidaron las relaciones de colaboración con
el Foro de Vulnerabilidad Climática, la Convención de Naciones Unidas
para la Lucha contra la Desertificación, la Organización Meteorológica
Mundial, el Centro de Observación de Desplazados Internos (IDMC en sus
siglas en inglés) y el Programa de Naciones Unidas para el Medio
Ambiente, prueba evidente del espíritu común de cooperación. El clima y
la migración son dos áreas políticas que es necesario abordar de forma
conjunta a la hora de entablar el diálogo y emprender acciones
políticas.
Es bien sabido que el cambio climático contribuye a agravar los
fenómenos meteorológicos, como las tormentas y las inundaciones. El año
pasado, los desastres naturales expulsaron a más de 22 millones de
personas de sus hogares en 119 países, casi el triple que los
desplazados por los conflictos y la violencia, según datos del CODI.
Las catástrofes naturales son responsables en parte de que la OIM
intervenga cada vez más -como un elemento más de su mandato- en las
tareas de ayuda humanitaria, por ejemplo socorriendo a los desplazados
por el súper tifón que afectó a Filipinas el año pasado. Todos debemos
contribuir a reducir el riesgo de desplazamiento para las poblaciones
vulnerables y prever la ayuda que van a necesitar los que se ven
obligados a emigrar.
También es sabido que el cambio climático aumenta el peligro de que
los pequeños Estados insulares queden sumergidos, a medida que los
casquetes polares se derriten y, junto con otras consecuencias del
calentamiento del planeta, hacen que suba el nivel de los mares. La
situación de estos países captó la atención del mundo en la tercera
Conferencia Internacional sobre Pequeños Estados Insulares en vías de
desarrollo y en la Cumbre del Clima de Naciones Unidas, celebrada en
Nueva York el pasado mes de septiembre.
Menos sabido es, sin embargo, que más de 75 millones de personas
viven solo a un metro por encima del nivel del mar. Según las últimas
conclusiones del principal organismo científico del mundo sobre el tema,
el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC
en sus siglas en inglés), gran parte de la tierra puede acabar bajo el
agua en vida de la generación actual, independientemente de lo que se
haga para reducir las emisiones.
Todavía más posibilidades migratorias presentan las tierras más
secas, algunas de las cuales pueden sufrir riesgos tan peligrosos como
los de las tierras bajas costeras. Ante el aumento de las temperaturas,
la gente se verá obligada a marcharse, un tipo de migración que ya ha
comenzado. El análisis hecho por el IDMC
de las poblaciones dedicadas al pastoreo y afectadas por la sequía
confirma los temores de que las variaciones en el clima provocan el
desarraigo de la gente: en algunas zonas de África, casi el 20% de las
comunidades rurales más afectadas por la sequía ha emigrado de forma
permanente.
Muchas de esas personas se establecen en asentamientos provisionales y
barrios marginales de los centros urbanos, unas zonas que, en su
mayoría, son muy peligrosas cuando se producen tormentas o inundaciones
graves, por lo que su situación es aún más vulnerable. Otros se limitan a
emigrar a zonas rurales próximas, donde la competencia por los puestos
de trabajo, el agua y la tierra aumenta el riesgo de conflicto.
A medida que las comunidades afrontan una degradación medioambiental
cada vez más aguda, los tribunales de inmigración han empezado a ver
reclamaciones en las que se menciona el cambio climático como motivo
para la expatriación. The New Zealand Herald
informó el verano pasado de que un tribunal de Nueva Zelanda había
refrendado una petición de residencia para una familia del atolón de
Tuvalu, en el Pacífico, tras una apelación en la que se alegaban las
consecuencias del cambio climático.
Todas estas interacciones, además, permiten atisbar la posible
utilidad de las migraciones para ayudar a que la gente se adapte a un
mundo más cálido, con métodos como una urbanización más segura y
ordenada, más facilidad de integración para los inmigrantes, la
estabilización de las comunidades más afectadas del mundo con los
beneficios económicos de las remesas y los lazos globales, la evacuación
como último recurso y el traslado planificado.
Sin embargo, no debemos considerar que todo lo relacionado con el
clima y las migraciones delata una historia de desesperación, porque
también es una poderosa historia de esperanza y fortalecimiento.
El IPCC ha reconocido, en su Quinto Informe de Evaluación, que las
migraciones pueden constituir una estrategia de adaptación al cambio
climático. La experiencia de la OIM muestra que estos flujos de personas
son beneficiosos para los migrantes, sus familias y sus comunidades,
porque todos ellos adquieren nuevas experiencias, conocimientos,
aptitudes y distintos medios de obtener ingresos. Las inversiones y las
remesas de las diásporas pueden contribuir a diversificar las formas de
ganarse la vida y la movilidad puede aliviar la presión sobre los
ecosistemas. Los migrantes pueden ser agentes del cambio y contribuir de
forma directa a las estrategias de adaptación.
La presencia de la OIM sobre el terreno -en más de 480 lugares de
unos 150 países- nos permite tener contacto directo con nuestros
beneficiarios. Esta experiencia nos ha convencido de que las migraciones
pueden ser una oportunidad para adaptarse a nuevas realidades
medioambientales. Para ello, la OIM va a seguir transmitiendo un mensaje
equilibrado sobre la movilidad humana, sus riesgos y las oportunidades
que ofrece tanto a los individuos como las comunidades.
Las negociaciones de la Conferencia de Lima sobre el Cambio Climático
(COP 20) fueron la última reunión mundial antes de que se firme un
acuerdo internacional sobre el cambio climático en París, el próximo
año. La gente debe saber hasta qué punto los restulados obtenidos en
Lima y París pueden no solo decidir el destino de un puñado de Estados
insulares, sino también determinar dónde vamos a vivir muchos de
nosotros, quiénes serán nuestros vecinos y si somos o no capaces de
adaptarnos a esos cambios. La OIM respalda las actuaciones
internacionales sobre movilidad humana y cambio climático.
Vamos a abordar juntos la movilidad humana en el contexto de la
política sobre el cambio climático. En un mundo en el que hay más
desplazamientos humanos que nunca, es urgente y necesario contar con los
migrantes en los esfuerzos para desarrollar un programa de desarrollo
verde y sostenible.
Para más información sobre el trabajo de la OIM en el ámbito de
las migraciones, el medio ambiente y el cambio climático y un panorama
general del tema, ver http://publications.iom.int/bookstore/free/MECC_Outlook.pdf. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.
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