La Corte Penal Internacional: ¿la justicia universal es posible? 12 agosto 2015 Inder Bugarin (Esglobal)
Familiares
de las víctimas de la violencia desatada en Costa de Marfil tras las
elecciones de 2011 protestan contra la Corte Penal Internacional. El
cartel dice: “ICC, ¿dónde está tu credibilidad? Sia Kambou/AFP/Getty
Images
La Corte Penal Internacional (CPI) está lejos de ser el
organismo global diseñado para perseguir a responsables de crímenes
contra la humanidad, como prometió durante su establecimiento en 1998.
La incapacidad de La Haya para castigar a genocidas se ilustra con el
caso del presidente de Sudán, Omar al Bashir, quien se ha paseado por
África a pesar de que enfrenta una orden de arresto internacional desde
hace seis años.
“La Corte Penal está fracasando”
Sí en el caso Omar al Bashir.
A pesar de enfrentar orden de entrega y captura internacional por
genocidio, crímenes de lesa humanidad y crímenes de guerra presuntamente
cometidos en la región de Darfur, el líder sudanés se ha pasado por 18
países en completa impunidad. Incluso ha visitado seis Estados miembros
de la Corte Penal Internacional (Chad, Nigeria, Congo, Kenia, Malaui y
Suráfrica), quienes en teoría están obligados a cumplir las órdenes de
los magistrados del organismo.
Esto ha sido posible porque todo depende de que alguien se atreva a
detenerlo, lo cual es poco probable. La justicia internacional no opera
como las justicias nacionales, no es como acatar la orden de arresto
contra un terrorista o narcotraficante transnacional, quien es detenido
para evitar que siga propagando el daño causado por su actividad
delictiva. En el caso de los dictadores es distinto, puesto que su
captura podría desatar grandes disturbios en el interior de sus países o
desencadenar conflictos transfronterizos.
Al Bashir no aparecerá en el banquillo de los acusados mientras
continúe en el poder. De manera que aquellos que reclaman justicia deben
ser pacientes y esperar como ocurrió
con el ex presidente serbio Slobodan Milosevic, el líder serbobosnio
Radovan Karadzic y el ex Presidente de Liberia Charles Taylor; todos
testimonios de que la impunidad tarde o temprano llega a su final.
Por ahora, habrá que conformarse con la incomodidad que genera para
el Presidente sudanés el tener que elegir cuidadosamente sus destinos en
el extranjero y viajar siempre escoltado por dos aeronaves de combate
para evitar que su avión presidencial sea interceptado en el espacio
aéreo.
“La CPI no es bienvenida en África”
Algo hay de cierto. Si
la Corte, por ejemplo, pidiera el arresto de altos mandos israelíes que
hubieran cometido crímenes en Palestina, o de militares rusos por
supuestos actos de limpieza étnica en territorios de soberanía
georgiana, entre 1993 y 2008, tal vez muchos países africanos reticentes
a cooperar cambiarían de opinión.
Sin embargo, debido a que todos los casos abiertos
hasta ahora son africanos, ocho en total, los detractores del organismo
han tenido municiones de sobra para alterar la percepción que se tiene
en África sobre la CPI, presentándola como un órgano colonialista empeñado en criminalizar a un continente.
Mandatarios como el de Uganda, Yoweri Museveni, en el poder desde
1986; de Eritrea, Isaías Afwerki, en el mando desde 1992, y el de
Ruanda, Paul Kagame, han atacado a la institución acusándola de
“racista”, “contraproducente”, “hipócrita” y “selectiva”. La Unión
Africana igualmente ha sido
hostil hacia el organismo, socavando el derecho internacional
anteponiendo los intereses de una clase política que se resiste al
cambio.
La Corte seguirá acumulando fiascos como el de Al Bashir o el del presidente de Kenia, Uhuru Kenyatta, caso
al que tuvo que renunciar por no reunir suficientes pruebas para
verificar sus acusaciones, hasta que demuestre que no se fija sólo en
los delitos cometidos en África. La Corte reforzaría su credibilidad si
muestra que está dispuesta a pedirle cuentas a naciones de otros
hemisferios.
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