Se acercan
las fechas navideñas y Panamá parece sumergido en una infinita tristeza. Los almacenes
están, prácticamente vacíos, los burócratas llevan dos quincenas de retraso en
sus pagos y la infelicidad ronda y te hiere.
Pero no,
ya no quiero pensar en eso. Tomate tu taza de café. ¡Brindemos! ¿Por el amor? Tal
vez sea un exceso. Buenos Brindemos, por lo menos, por aquella tarde en que… ¿y
quieres que te diga la verdad? Si. Esta noche me sentí muy triste. Me entristecía
saber que necesitaba que me abrasaras. Darme cuenta, de pronto, que me sentía
sola y que allí, junto a ti era tan calido y tan bello.
Te
quiero, Hach”.
Y
siempre te querré Marta…
La carta
seguía casi nueva. El sello, casi histórico plasmaba aun el Panamá del general
Noriega y de las codicias de los Estados Unidos y su desmesurado apetito geopolítico
y sus miras expansionistas, pero solo la
vieron y la leyeron unos ojos: los de Edna. Era como convertirse de una religión
a otra… algo así como un anhelo de leer, dos, tres, cien, mil veces la misma
carta que nadie había leído, ni siquiera el destinario.
Río
Martil presentaba, aquellos primeros días de Di Al Kihda[1]
de 1419 la imagen de una aglomeración en pleno desarrollo, auge y expansión. Solo
los forasteros ignoraban que aquella “prosperidad” nada tenia que ver con el
bienestar de los autóctonos.
Pequeños
grupos de hijos de la región se paseaban perplejos por el hecho de que donde
hubo antaño tanto espacio y perspectiva hay ahora podía levantarse tanto
cemento y tanta anarquía.
Bar
Playa seguía como una brújula que indicaba un pasado austero pero feliz.
Solo el
agua de este apacible Mediterráneo no había cambiado de sitio. Ni la voz de un
hombre con marcado acento Tetuán que repetía rítmicamente, sin cesar: “Me
convenciste, señora. Aunque no es verdad, contigo n u hubo ni habrá dolor. Y ahora
que acerté cambiar el fusil por una flor, se que lo digas, tú o no, el amor no
tiene color ni religión. Mañana, entre sonrisa y sonrisa y en la sombra de tus
parpados seré testigo de que si… han llorado, rezado y…negado. Quisiera que me
enterraras en tu corazón…
Te
reprocharé tu espejismo y aceptaré que me insulten por haber creído sincera
pero ingenuamente que después de la tormenta viene siempre la calma.
¡Ni
calma ni alma! Solo una gran dama, como tu, señora…mi señora, la señora de
todos, de uno y de ninguno, que me enseñaste
que en primavera nunca se debe llorar ni sufrir porque el invierno podría enfadarse. Tú, amor de mis
amores y espiga en los ojos de un pobre enamorado errante, dime ¿Cómo sufren
los heridos a muerte? No. Nunca te revelaré mi epitafio porque ni ha habido ni
puede haber uno para un vivo. Herido, agonizando pero sigo con un hilo con la
vida. Tú eres este hilo. Tu olor me alimenta y me alivia, me consola y me
distrae…. Es como el viento, como un momento, como a ti te gusta calificarlo:
un grito… primal y nada más”.
FIN
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