La carta estaba fechada en
ciudad de Panamá un 20 de diciembre de 1989. Agonizaba el régimen de Noriega.
El general vivía sus últimos instantes en tanto que mandatario del país y como
ciudadano panameño libre.
En un papel del Marrito Panamá,
Marta escribía lo que debía ser y así fue: su ultimo contacto con Hach Ahmed
ben Ali. Era a titulo póstumo porque el Hach había fallecido anos antes, sin
que lo supiera Marta o así lo deja creer la carta de Marta.
“Hach, Hach, Hach, comenzaba
la carta, esta noche he decidido homenajearte. He pedido un café para ti, una
botella de vino tinto para mí y unas aceitunas. He bebido el vino y he comido
todas las aceitunas… todas, menos una de la que me devolviste el huesito.
Es como el homenaje a nuestro
muertos y no es porque te de por muerto, sino se trata de una de las más bellas
costumbres que tenemos en México. La celebramos el 2 de noviembre. Ponemos una
ofrenda en casa o en el panteón con flores de zampa súchel anaranjadas,
calabazas en dulce, tejocotes, piña, caña
y sobre todo aquello que les gustaba comer y beber a nuestros difuntos y se
deja durante toda la noche en espera de que ellos bajen y coman y beban y se
embriaguen como cuando estaban vivos.
¿Sabes, Hach? Yo solo tengo
dos muertos: mis abuelos. Los padres de mi madre. Me eduqué con ellos desde que
nací. Recuerdo, sobre todo a mi abuelo. Se llamaba Santiago y solía perseguirme
en las escaleras con bastón en la mano. Me decía: “una García de Alba nunca
llora”. Los quiero mucho y no quiero tener más muertos y creo que a ellos se
debe el respeto y la consideración que siento por los viejos.
Pero… ¡bebamos! Tú estás lejos.
No sé si más cerca o más lejos que mis muertos, pero aquí está tu café en
espera de que vengas tomártelo. Y yo voy a esperar la noche entera para que vengas
a tomar tu café. ¡Esta noche es para ti, para él, para los espíritus! ¿Te da
risa?
Se lo debo a un libro que leí
esta tarde “Madero, el otro” una historia novelada de uno de nuestros
presidentes, Francisco I. Madero el que había iniciado nuestra revolución. Él creía en los espíritus.
Todos los miércoles hacia sesiones de espiritismo en su casa. Él creyó en todo.
Él hizo la revolución.
Y yo no se por qué me
encuentro en este estado de animo. A lo mejor porque el general Noriega y todos
sus soldados no me parecen más que esto: espíritus ¿Malignos?
Veo a la gente, la escucho
hablar y no siento, aquí más que la imposición del terror. Ves los rostros y
notas en los rostros de la gente el miedo. Nadie sabe quién es quién. Hay “sopos”
y espías por todas partes y la gente va desapareciendo poco a poco sin que
nadie se ofrezca a gritar o a denunciar, pues la vida va por medio.
Mañana: Capitulo
XV Martil 1990 (segunda parte)
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