Hach Ahmed Ben Ali volvió a observar el horizonte. Esta era un espejismo… “El sofocante calor, la sed y mi negativa de beber agua del pozo me hacen ver cosas irreales… que no existen”, pensó.
El
tórrido sol de agosto y el reflejo del agua del río en el aire convertían a
toda la zona en un extraño océano danzante. Hach observa todo y repetía sin
cesar “Subhana allah”[1].
Cada vez
que se iba marta, Hach se quedaba largos instantes reflexionando a todo lo que
se dijeron. Esta vez, Hach presagiaban, sin saberlo el comienzo del fin.
Repitió varias veces “libertad de expresión y de presión” y soltó una larga
carcajada entrecortada con el esfuerzo de poder pronunciar “que Dios te Pague,
Marta”.
Mil
veces le había dicho entre ruego y advertencia que no comprendía más del 5% de
lo que le decía, pero que nunca dudaba de que era interesante…tanto que aprendí
incluso de lo que no comprendía.
Recién
estrenada su nueva apelación, Martil parecía converger su mirada hacia el
futuro. “Las Valencianas”[2]
seguían haciendo el trayecto de menos de 11 kilómetros en más de una hora con
todo el personal o casi español, presentando una extraña mezcla de quién manda
y quién obedece. Parecía que los antaño “indígenas” no aspiraban a reconquistar
todos sus derechos, consignándose al papel de aprendices en espera de un papel
más importante. Era una transición serena y probablemente programada de común
acuerdo.
“¿Qué
has hecho tú, Hach para que se vaya el colonialismo?”. La pregunta de Marta
volvía a atormentar al Hach, que, ahora tiene mil respuestas: “¿Y quién puede prescindir
de su dignidad?” se preguntó en voz baja como si respondiese al espectro de
Marta.
Aparentemente
nada parecía haber cambiado, salvo ciertas maneras de actuar de algunos
conocidos personajes de la ciudad. Pero todo el mundo hablaba del cambio, de la
independencia del país, de los sacrificios, de la responsabilidad histórica, de
la construcción y de la unidad.
Hach
Ahmed Ben Ali nunca se había olvidado de aquél día en que Marta le daba cuenta
del curso de las negociaciones en Madrid entre autoridades marroquíes y españolas.
-
¿Y como lo sabes tú,
Marta?
-
De la radio y de la
prensa
-
¿Y por qué no nos
consultan?
-
¡Ah! Eso no se, pero…
-
Me imagino que nuestra
opinión puede ser útil.
-
Estimado Hach Ahmed.
En ningún proceso negociador sobre las independencias de los países se ha
consultado al pueblo.
“¿Y si me hubieran consultado,
que habría respondido? Pensó Hach Ahmed ben Ali.
El fervor patriótico adornaba
los rostros y las calles de la ciudad. Martil, Tetuán y todo el país comenzaba
a descubrir las primeras divergencias ideológicas y políticas. La psicología del
rumor eclipsaba literalmente la realidad del momento. Los enormes medios y la
experiencia organizativa del Partido del Istiklal arrollaban los programas políticos
del resto de las fuerzas nacientes políticas del país. La gente se alineaba con el más conocido y el más
fuerte.
-
Eso es inquietante, le
había dicho Hach Ahmed ben Ali a Marta
-
Hay sitio para todos.
-
Pero las noticias
hablan de…
-
Las noticias hablan de
todo y de nada. El ejercicio de la soberanía comienza siempre en medio de
pluralismo e incluso de divergencias.
-
Espero que todo vaya
bien
-
No hay razón para que
no vaya bien
Hach Ahmed ben Ali siempre pensó
que Marta era más marroquí que los propios marroquíes. Quería este país más que
nadie y no le deseaba más que el bienestar, prosperidad y progreso.
Salían los primeros rayos de
la independencia y se ponía el sol de la tutela y de la ocupación.
-
Lo importante, le dijo
Marta, es que todo transcurra dentro de la normalidad y de manera pacifica.
-
Tú sabes, Marta que al
ocupar a Marruecos no lo hicieron pacíficamente
-
Lo se, pero la descolonización
serena y pacifica evita muchos problemas al país recién independiente
Así fue… aunque algunos
afirman, relativamente.
Mañana
capitulo X: Regalo mortal (primera parte)
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