Río Martin[1]
presentaba en aquellos últimos días de Cha’aban (septiembre) de 1375[2] la imagen de una amante recién y cruelmente
abandonada. Solo unas extraviadas gaviotas deambulaban aun, perdidas en la
esplendorosa costa, recordando el fin de un verano anunciado y el advenimiento
de un inverno por anunciar.
Una jauría de perros, a juzgar
por su flaqueza y lividez, hambrienta, daba la impresión de no comprender como
ni por qué en donde hubo tanta “opulencia” durante el relativamente largo
verano tetuaní, podía tanta escasez a lo largo del invierno.
Los “indígenas” martileños se
preseparaban a reanudar su habitual austeridad invernal.
Frente al legendario “Bar
Playa”, auténtica institucional local, donde un día un celador le ordeno
alejarse porque “olía mal y podía atraer moscas”, Hach Ahmed ben Ali, amante,
docto musulmán, según muchos, 57 años cumplidos, según su enigmática, pero
oficial partida de nacimiento, firmada por el propio Alto Comisario para
Asuntos Indígenas sin convicciones políticas ni frases para epitafios, volvía a
ser presa de una de sus habituales alucinaciones, creyendo, en voz baja que
“independientemente de su nacionalidad, su credo y el color de su piel, los
mediterráneos forman una e indivisible nación”.
“Quizás porque su niñez seguía
durmiendo…” en su Río Martin de las victorias.
Desde la eternamente
improvisada escena de Bar Playa, los, ahora, descuidados músicos seguían
tocando “Dame un poquito nada más…”. Hasta casi la caseta del Jalifa[3]
llegaba la triste melodía que muchas familias tetuaníes esperaban ansiosamente
todas las noches, amontonadas en la fina arena de la costa martileña.
A él, le parecía, esta vez que
el cantante escupía los versos, sin ilusión o infinitamente menos que antes.
-Indudablemente, pensó, algo
está cambiando.
Entonces se acordó de la
hermana Marta cuando se ponía a hablarle de cosas que él no lograba comprender,
como por ejemplo, “la indispensable y civilizada necesidad de llevar a cabo una
descolonización reflexionada”.
Sonrió y soltó sin quererlo:
“yo que creía que siempre estuvimos colonizados por España”.
33 anos después su hijo
Mohamed Said le contó que en Rabat en el curso de una de las surrealistas
rondas de negociación pesquera entre Marruecos y España solicitada por el
propio rey Juan Carlos al rey Hassan II “para paliar el drama de la flota
pesquera andaluza”, pensó en esta misma frase cuando los miembros de la
delegación marroquí descubrieron que el jefe de la delegación española se
llamaba Matamoros.
Hach Ahmed Ben Ali volvió la
cara y vio como una pandilla de niños de corta edad se atrevían ahora a
acercarse a la puerta principal de Bar Playa. Soltó una leve sonrisa y murmuro:
-
Deben estar pensando
que están a punto de dejar de ser, como lo fueron durante los últimos 44 años,
simples espectadores de ultima categoría, adquiriendo el anhelado “derecho” y
el soñado “estatuto” de entrar hasta la pista donde solo hay españoles y los
pocos indígenas que éstos “soportaban”.
Fresca aun la independencia,
Hach Ahmed Ben Ali sabia que era aun mortalmente prematuro acariciar el sueño
de no pasar por lo que Marta llamaba “periodo de rodaje”.
No obstante, en ningún
instante pudo imaginar que estas mismas
frías y acogedoras aguas de Río Martin, que en 1492 fueron testigos de
la llegada de las dobles victimas de la primera guerra civil española[4]
y de la Ley de
Extranjería en España, volverían en los años 90 a ser huéspedes de otra
inquisición… esta vez, socio-económica, pero en sentido inverso: ataúdes
flotantes llamados pateras.
Volvió a sonreír, buscando
consuelo en su precario e indeciso presente y en sus problemas que cobraban
cuerpo, al amparo de las promesas y la euforia del momento.
-
No cabe duda, dijo
como si hablara con alguien, muchas cosas van a cambiar.
Contrariamente a lo que
ocurría en Rabat, en la zona del protectorado español cundía la confusión y la
incertidumbre. La iglesia de, hasta entonces Río Martin, seguía con sus
campanadas domingueras, con sus misas y su majestuosidad. En frente las niñas
seguían jugando, en el pequeño pero exhaustivamente ordenado jardín, a las
“chinitas”, sin darse cuenta ni de la trascendencia del momento ni del cambio,
cuyos primeros vientos comenzaban a soplar fuertemente.
A nadie se le podía ocurrir
que estaba en la tierra del Islam, tolerante, comprensivo, sunita y
hospitalario que estrenaba tímidamente era con la murada fija en el incierto
futuro que vendrá de Rabat.
En “Dari” o decreto real Nº
1.57.124 sobre la aprobación del presupuesto de la zona norte para los primeros
6 meses del ejercicio financiero de 1957, establecía en 453. 298.184, 11
pesetas los gastos de esta zona aun con resaca de la independencia desde el
primero de enero al 30 de junio de 1957. De ellas 193.611.108 pesetas como
ayuda económica del Estado español en forma de préstamo reembolsable concedido
mes a mes.
1.316.520 pesetas de dicho
presupuesto cubrían los gastos de Palacio real de Tetuán, repartidos como
sigue:
- Gastos generales: 75.
000 pesetas
- Vestuario:
50. 000 pesetas
- Compras y edificios
normales: 500.
000 pesetas
- Obras y restauración: 500.
000 pesetas.
Marta tenía razón cuando
juraba que no comprendía por qué no había, hasta entonces, ningún tipo de
susceptibilidades entre la xenofobia y el racismo colonial.
No cabía duda: en Rabat tenían
prisas en mandar, no importándoles más que Rabat y Casablanca. Parecía que
Tetuán y el resto del “Marruecos español” se había recuperado “porque si…y como
sea”.
(Mañana:
Capitulo I (Segunda parte): Martín 1375)
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