"Yamna o memoria Intima" de said Jedidi: FUEGO LENTO II




« En el Día del Juicio Final pesarà la tinta de los sabios y la sangre de los màrtires. No habrà ninguna diferencia entre ambas »

                                                                                                                  Profeta Muhammad (SAS)

Considerada por todos como la más excéntrica de la casa, Fdila era para Yamna, a la vez, una buena amiga y una temible adversaria. Ambas eran domésticas en la misma casa pero con diferente rango.De obediencia o de autoridad, Yamna ilustraba la enorme aunque discreta influencia de mulat dar [1], quien la trajo de la casa de una de sus familiares después de una serie de problemas de salud y la incapacidad de seguir haciendo lo que hacía antes. Una forma de amabilidad y de solicitud hacia su familia y una manera de mostrar ostensiblemente su modestia, recordando que « se debe pensar siempre en el prójimo ». Para ella, evidentemente el prójimo era antes y después de todo su familia y… nadie más.

Un mensaje perentorio para todos, particularmente, a los de la otra «  acera ». O sea: a la familia de su venerado esposo.

Era de notoriedad pública: prefería mil veces,  aunque nunca lo confesó, la criada de alguien de su familia que el más cercano miembro de la de su marido.

Pero nadie se daba cuenta o no quería darse cuenta. Su situación era cómoda e incluso confortable.

Yamna lo afirmaba a menudo con la imposición de su rostro sin rasgos: «  sería injusto pretender que me siento desamparada en esta casa ».

Era hace 16 años.  Desde entonces Yamna pasó a formar parte de la historia... familiar. Una historia de psicologías de rumor, de controvertidos intereses y de preferencias sociales. Lo importante para ella y para los demás era que la mecha estaba encendida y que la familia, con sus diálogos abortados, sus vacíos y su ausencia de sentido, se calentaba.

De dentro, un mundo extremadamente disparatado. De fuera, una familia afable, normal y corriente como cualquier otra en Tetuán o en Marruecos en general.

A pesar de reconocimientos, a menudo halagüeños, Yamna y su estatuto social pesaban el peso de una pluma sobre la familia.

Un pequeño mundo que presagiaba la pertinencia de un hermético mutismo. Debido a lo cual, visible por su inscripción en una vida cotidiana de miedo, precariedad y dolor y en un espacio familiar ajeno, Yamna sentía un singular placer cuando, refiriéndose a los hijos de la familia que calificaba de esperanza y que, por entonces, se interesaban menos por ella y su estado de salud, condenaba categóricamente pero con una voz muy baja, lo que llamaba proceso de individualización acelerada.

     -     Es absolutamente natural. Ínfima como está, sólo con una solidaridad militante puede sobrevivir

     -     ¡Hombre! Ni tanto ni tan calvo. En esta ciudad y en esta sociedad siempre nos preocupamos del prójimo

     -     ¡Anda ya! No digas tonterías

     -     Pero... Si Yamna condena el progreso

     -     Y el progreso significa que cada cual por su lado ¿No es asi?

« Sé que no soy lo que era pero de todas maneras estoy aún aquí » pensaba irónicamente cuando constataba la emoción de unos o la compasión de otros.

Ahora le resultaba conmovedor y exasperante constatar cómo se podía tener tan corta memoria.

     -     Desde mi más tierna edad nunca paré de trabajar, explicaba, buscando un sentido y una reflexión en torno a su pertinencia e incluso su legitimidad en los momentos de las incontables desilusiones.

31 años deseando ser otra. Se había acostumbrado a la soledad y a un léxico con una marcada alergia hacia: « sidi », « lala  »...[2].  Tenía la indecente sensación de que todos eran de una categoría superior, menos ella, que era estrictamente imprescindible respetar lo que nadie estableció y que se desprendía un suave perfume de lo prohibido para unos, permitido para otros.

Pero ahora, a pesar de parecer brutalmente envejecida y totalmente ausente, creía firmemente que « el fin de mis días aún no está escrito ». Su arrogante oposición a admitir que era inútil y la no menos soberbia realidad de que lo era, la convencieron de que esta vida no está hecha para vivir.

Comenzaba a sentir un miedo atroz por perder unas referencias que sólo existían en su mente, pero se reía  sádicamente cuando descubría que estaba en la encrucijada de todas las problemáticas familiares.

«  Le estoy perdiendo respeto a quienes me adoptaron. Casi me atrevo a aceptar que soy una sádica. Esto se llama participar en una conspiración inextricable », pensaba con una ligera sonrisa.

Por obscuros temores a las fiestas y a los momentos faustos, Yamna comenzaba a encontrar grosero que unos gocen y otros sufran. De poco le sirvió su pretendida educación religiosa, profundamente moral y fatalista, corregida por los imperativos de una dialéctica de clases en las casas donde trabajaba o haya trabajado que destilaba una conducta y una forma de lo que se debería ser..



El resto de su vida lo pasó contrarrestando réplicas de un sismo olvidado. Prefería siempre comenzar con contratiempos para soñar luego con perspectivas resplandecientes de ser un dìa independiente. En sus instantes de vacilación afirmaba incluso que «  no entiendo estos pies azulados en un cuarto, bañado por una luz celeste y un misterioso olor que me asfixia hasta ahora ».

     -        ¡Ay, Dios mío! si estás hablando de un cadáver, mujer

     -     No lo se. Pero son imágenes que me hacen la vida imposible. A veces cuando sueño con aquél cuarto..

     -     ¿Pero, qué cuarto?

     -     De los pies azulados, la luz celeste y el extraño olor. Cuando lo veo en mis pesadillas y Dios sabe que lo veo con frecuencia, me despierto sin voz durante un bueno rato como si gritara durante horas. ¿ No lo vas a decir a nadie, verdad? Porque me tomarían por una loca

     -     Estás describiendo la muerte de una persona. ¿Y qué sensación ?

     -     Miedo... Mucho miedo. Siento helados mis huesos

Era conciente de que nadie era capaz de descubrir su capacidad de una ausencia de prejuicios. ¡ Pero qué màs dà !. « Dios creó y distinguió »[3].

 «  Esto se llama movilidad social. Hoy tú, mañana ¿Quién sabe?, a lo mejor yo u otro que no fuera él ». « Un fatalismo virtuoso », comentaba en voz baja para que no la escucharan.

No ignoraba que era acerbo, desapacible y reductor pero no quería, por nada del mundo, dejar de creer que era, si no el más justo, por lo menos el más propicio y el más merecido para ella. « Dios es el más justo », se consolaba con una voz triste.

Sin quererlo, Yamna conquistaba nuevos espacios con, cada vez, más adeptos.

       

En sus pocos momentos de alivio y consuelo, Yamna salía de compras.

     -     Tiene muy buen gusto, la tía

     -     ¿Y por qué no lo tendría si pasó su puñetera vida trabajando en la casa de una familia aristocrática?

     -     Lo digo porque...

     -     Porque es y fue siempre una criada. Te repito que trabajó y vivió con familias de elevado rango social

     -     ¿ En Tetuán hay aristocracia ?

     -     Algunos tienen esta alucinación.

     -     Lo dices como si existiera de verdad

     -     Algunos sueñan con esta locura

Para ella una cosa cuenta más que todas otras: que nadie la confundiera con una doméstica vulgar. Para consolarse solía afirmar con una mezcla de humor y amargura que « realicé los votos de mi padre a medias. No quería que yo fuera una simple criada. Lo soy y probablemente lo seré el resto de mi vida. Tampoco quería que me casara a los 15 años como él. Mi asma se encargó de satisfacer, a título póstumo, su deseo ».

Simple y sobria pero lúcidamente conciente de que nunca se debe agarrarse a las ilusiones, intentaba no perder su esencia natural. Obraba siempre según sus convulsionadas convicciones, forjadas por un clima de miedo y a menudo de una mezcla de ignorancia y parquedad.                                                                                                                                                                                                                                                                                  

El episodio era auténtico: para evitar extenderse en asuntos personales, su fórmula ritual era « allí ». Sustituía su estado civil, casi virgen con « allí »: simple nombre, dudoso apellido, nació y creció « allí », estuvo « allí », aprendió « allí ». Todo era allí... Pero, en una sociedad que no veía más allá de su nariz, no le interesaba saber más aunque a nadie convencían los abstractos conceptos de una identidad casi imaginada sin método ni coherencia.

     -     No es generosidad. Todos están seguros de que va a morir.

     -     Menos ella.

     -  Lo finge. Debes comprender que a causa de un crónico sufrimiento y de una estructural precariedad, su curiosidad la conduce a la autosugestión

     -     La necesidad la ha moldeado.

     -     La necesidad y el afán de ser normal.

     -     Como a todos.

La densidad de expresión no lograba nunca eclipsar el insaciable apetito de desarticular su, para algunos, verdad-bomba.

Ella sufre pero no muere. « No está escrito » comentaba irónicamente en sus raros momentos de esperanza. Su resistencia para no irse de la lengua o revelar su sentimiento de inseguridad se ha convertido en un asunto público y sus, a menudo, incómodas posturas, dignas de una ficción poética, recuerdan mucho a La Jocunda.

Todos sus conocidos juraban no saber dónde aprendió esta modesta pero exquisitamente compleja mujer a ser tan creativa.



Desde la habitación contigua se escuchaba su difícil respiración. Las bromas de Ami Abdeslam sólo calmaban el dolor en una íínfima parte. No le importaba si los demás se riesen desenfrenadamente. Su virulenta ironía y su molesto simplismo pasaron a formar parte de la vida cotidiana de la familia con, incluso, relatos cautivantes y desmesuradamente exagerados, destinados intencionadamente al consumo local. Tanto que la hacían reír, luego llorar y finalmente sufrir. Desesperada como estaba se mostraba permeable a todos los discursos aunque por experiencia sabía pertinentemente que todos o casi todos eran laberintos donde era más fácil perderse en las ideas confusas y muy a menudo inconclusas. « Cualquiera pueda comprender a esta gente » comentaba resignada.

El espectáculo era inevitable. El decorado también:

Yamna en un rincón con su bolsa llena a rebosar de medicamentos de todo tipo. Los miembros de la familia, cada uno con sus asuntos y Ami Abdeslam que entra y se dirige a Yamna.

     -     ¿Cómo estás hoy, Yamna?

     -     Mejor que ayer, gracias a Dios

     -     Fiel a tu manera de ver sólo las cualidades, no los defectos, ¿he?

     -     Pues.... se limitó a dirigirle una mirada cándida como si le suplicara que no continuara.

     -     ¿Sabes, Yamna, cómo se llama el ministro japonés de la marina?

     -     Cómo lo voy a saber si no sé dónde está Japón

     -     Se llama Me Caigo Me Ahogo.

     -     ¡Muy gracioso!

Marcó una breve pausa y enlazó, brutal e inconsecuentemente, sin que nadie mostrara interés alguno por lo que contaba.


     -     El del interior se llama Te Cojo Ti Jodo y del..

     -     ¡Basta! No sigas con tu diarrea de estupideces. La exclamación vino del pasillo. La voz era de Sidi Mohamed quien detestaba la conversación en voz alta y las carcajadas « sin motivo »

Antes incluso de aparecer, todo el mundo corrigió su postura. Un equilibrio entre el respeto y el temor. Hasta Yamna, olvidando la lógica de su sistemática deterioración física y moral, se puso en posición semi inclinada, en signo de veneración al recién llegado, quien dirigiéndose a su esposa primero y luego al resto de la familia recitó majestuosamente:

« Di a las creyentes que recaten sus miradas y conserven su pudor »[4].

Ni una palabra más. Era su alma en todo su esplendor. Como si quisiera invitarles a ser más exigentes con la risa o por lo menos a recordar que en esta casa... su casa, no se debía gastar bromas aleatorias ni olvidar jamás el valor de la verdadera simplicidad.

Visiblemente sacudidos por la inoportuna presencia de Sidi Mohamed quien, excesivamente crítico y exageradamente diferente hacia todo lo que pudiera parecer una herejía, tenía aspecto de un profeta con acento deliciosamente tetuaní, todo el mundo comenzó a reconocer que la analogía era perfecta.

        -« Dotad a buen grado a las mujeres » [5] respondió, en voz muy baja, Ami Abdeslam, provocando la discreta risa de los presentes, incómodamente incrustados entre la ironía picante y el debido respeto al patriarca.

No cabía duda, todos querían seguir escuchando el desigual diálogo entre Yamna y Ami Abdeslam.

Curiosamente era la primera vez que, tras recorrer con sus ojos los perfiles de los que allí estaban, Yamna se dio cuenta de que no solamente no se parecían entre si, sino que no se parecían a nadie ni a nada.

Era uno de los pocos momentos en que mostraban este desprecio de riesgo. La presencia de Sidi Mohamed corregía siempre los patinazos e imponía, cuando estaba, orden y devoción. Paradòjicamente, a pesar de su carácter exageradamente paternalista e incluso teocrático, la familia accedía, a veces, al derecho a debates plurales y reales.... sin dudar nunca de su gloria ni tampoco renunciar a una mayor dosis de memoria.

     -     Inspira respeto. Mucho respeto

     -     Lo curioso es que no hace ningún esfuerzo para parecerlo

   -     Es el destino y la suerte de todos los justos

   -     A veces me parece como si fuera el último de los justos

     -     ¡Tampoco nosotros somos bandidos!

     -     En comparación con él, somos peor que bandidos

     -     Tienes razón, dijo Yamna entre los dientes

     -     ¿Qué has dicho, Yamna?

     -     No he dicho nada.

Todo un réquiem... ajeno. Una sensibilidad erudita. Por su ilimitado saber, la pertinencia de sus palabras y el sabor de sus pocos pero justos consejos nunca dejaba a nadie indiferente. Un auténtico polo de atracción y a menudo de interrogación.

« Una pasión voluntariamente autodestructora », solía quejarse Ami Hmed quien en presencia del sabio se sentía, como el resto de la familia, hecho papillas por el deseo. Pero él era menos hipócrita « porque no tenía por qué serlo ».



     -     Lo curioso es que a pesar de su ignorancia de lo que significaba exactamente, la tía sen atreve descaradamente a proclamar su apoyo a lo que llama « una redefinición de la noción de la justicia en la familia y de ser posible, en toda la sociedad »

     -       Bastante tiene la pobre con su... injusto estado de salud.

     -     Justicia y también una revaloración del concepto de la solidaridad. Francamente no sé dónde encuentra esta mujer tan justas nociones sociales

     -     No lo sé. Pero en cambio sé que todos hemos renunciado a interesarnos por su insoportable dolor.

     -     Será la rutina

Curiosidad siderante. Simplistas pero evidentes. Universo imprudente de quien piensa a través de otros.



Encerrada en el aseo con medio cuerpo fuera de la ventana en busca del oxígeno incautado, Yamna por su parte, creía conquistar nuevos espacios para respirar mejor. Pero olvidando su sufrimiento convergía, de vez en cuando, su mirada para admirar desde allí la pureza geométrica de la llanura de Buhnan.

Observándose en el espejo se dio cuenta de que se interesaba cada vez menos a su decencia estética. « No es signo de buen augurio » dijo sonriendo.

Abajo, en la serpenteada calle, un grupo de jóvenes, con banderas y colores del MAT[6] festejaba la victoria de su equipo. Sin saber por qué, su fértil imaginación hizo escala en Tetuán de los cincuenta.

« Ahora ya no hay largas noches de San Silvestre, ni los zambombos ni aquello de «  y los peces en el río...» ni las risas a punta pala ni la alegría y regocijo por doquier. ». Se quedó callada un instante y remató «  ni siquiera aquél placer de vivir que arrastraba consigo la obligación de morir »[7]

Para ella, como para muchos, Tetuán se apagó... ella que vivió en mil casas ésta era su favorita porque, entre muchas otras cosas, desde esta ventana trasnochaba antes para asistir, casi siempre oculta y con la luz apagada del cuarto baño, al espectáculo de nochevieja en  « Tatúan española de los años 40 y 50 », como la calificaban muchos tetuaníes de la época.

« ¿Vieja o nueva? » se preguntó con una leve sonrisa capturando con su mirada los movimientos de los jóvenes cantando. « Igual están drogados », pensó antes de añadir que «  esto es precisamente lo que no falta hoy por día por aquí ».

Se olvidó momentáneamente de sus dificultades respiratorias para recordar  sus historias conmovedoras y comparaciones de eras y épocas. De repente cambió de color cuando recordó lo que les contó poco antes Ami Abdeslam.

Era una de las muchas aburridas tardes familiares.

     -     ¿A qué no saben que...? comenzó preguntando sin pedir permiso a nadie

     -     Pues llegas en el momento oportuno. Por poco dormimos, exclamó Hafida

     -     ¿Cómo está el mundo... Quiero decir tu mundo? Preguntó Rachida

     -     Déjenme contaros lo que acabo de leer

     -     ¿Tú sabes leer?

     -      Un poco, respondió sin pensarlo dos veces con su sonrisa de eterno adolescente

     -     ¿Qué esperas?

     -     Pues... pues...pues

     -     ¿Pero qué pasa?

     -     No. Nada. Como decía, un estudio del siglo XIX revela que, una vez descabezado, el hombre ( o la mujer ) continua pensando durante, por lo menos, un minuto y medio.

     -     ¡Qué horror!

     -     ¡Que eres un asqueroso!

     -     No sé por qué has venido.

     -   Qué ingenuas somos. Creíamos que eras nuestra salvavida del aburrimiento y resulta que vienes a asustarnos con tus historias de mierda

     -    De miedo, no de mierda

Siguió un silencio glacial. Ami Abdeslam comprendió esta vez que se equivocó del lugar y del momento. A las buascadoras de risa nada les podía resultar interesante sin las habituales cosquillas.

Una patología singular que instauró sin saberlo y que le predispuso a buscar y capturar las sonrisas y las risas.  










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