« Yamna o Memoria ĺntima » de Said Jedidi FUEGO LENTO: III





« En el Día del Juicio Final pesarà la tinta de los sabios y la sangre de los màrtires. No habrà ninguna diferencia entre ambas »
                                                                                                                 Profeta Muhammad (SAS)


Yamna no era distinta. O por lo menos no tanto. Como la mayoría de los tetuaníes de poca cepa como ella, no quería perder sus sueños inciertos de hechos improbables. Sin embargo sus grandes y apagados ojos negros reflejaban enigmáticamente una sospecha de desprecio hacia todos y todo. Entre ambición de un mañana mejor y la continua inquietud de que sea imposible, todas las noches y parte de las mañanas juraba no volver a decir esta boca es mía. « Ya he hablado lo suficiente. ¿Qué he dicho y quién me ha escuchado?  Debería observar, desde ahora en adelante, un total desayuno verbal ».
Al día siguiente olvidaba su estado depresivo y a menudo discretamente suicidario y volvía a hablar... volvía a escuchar. Parecía olvidar sus ambiciones. Tomaba sus deseos por realidad... la única realidad.
Vivía, como se lo dijo una vez Ami Layachi, con la mirada convergida hacia el retrovisor.
     -     « Y yo digo que tiene razón » le respondió irritada su esposa Khaduja
     -     ¿Por qué?
     -     Lo suyo es una tragedia en blanco y negro
     -     Te juro que no te comprendo
     -      A pesar de generosa en el esfuerzo, lo suyo no es precisamente un destino de princesa
     -     Ni tampoco el tuyo ni el mío
     -     No lo niego pero en comparación con ella yo soy una reina
     -      Esto, querida Khaduja, se llama salto en el vacío

Vivió en mil casas, pero ésta, a pesar de la geómetraía variable y a veces abstracta entre los propios hijos y que nadie contestaba porque no podía, era el terreno de su predilección. Para ella era lo mejor « dentro de lo que cabe ».
Yamna era, como la solía comparar de manera fluida y expresiva Ami Hmed, filósofo por intuición y eternamente inspirado cuando se trata de insultar, una hiedra[1]. Sin embargo, ella se sentía en su intimidad felizmente próxima a cada uno de los miembros de esta extravagante familia por su promiscuidad de lo desconocido. « En esta sociedad todos los matrimonios son de interés » decía encogiéndose de hombros como para justificar su seudo-legal vίnculo con la familia.
En su vetusta y misteriosa maleta de cuero amarillento había más ropa infantil  de una niña soñada que propia necesaria e incluso indispensable para cubrirse. Cada vez tejía una nueva mitología en su fértil pero perturbada imaginación, mezcla híbrida de indeciso consentimiento y anhelado rechazo.
¿Vacuidad de la situación? se preguntaba con espanto.
Comenzaba a pensar en lo inevitable. Sabía que el asma la estaba devorando.
Pero, en cambio, ignoraba o fingía ignorar por qué no tenía nunca la certeza de la respuesta que debe aportar a sus menos visibles pero más sutiles proyectos del presente y futuro. Aplazaba incesantemente sus decisiones. Comenzaba a vivir en una hermética incertidumbre y a veces parecía que le gustaba sepultar por fuerza o necesidad las posibilidades de la perspectiva.
A causa del frío o por pereza, le gustaba escuchar en invierno como en verano, desde el fondo de una manta,  los arbitrarios sobresaltos de humor de todo color de Ami Abdeslam.
« La misma cantinela », comentaba al término de sus anécdotas, haciendo un enorme esfuerzo para ocultar una carcajada, no porque  le resultaba gracioso lo que escuchaba, sino porque se acordaba de aquél jefe que al terminar de contar a sus empleados un chiste pesado observó que todos reían desenfrenadamente menos uno.
     -     ¿Qué te pasa Yassin que no te gustó mi chiste?
     -     No señor. Es que yo presenté mi dimisión esta tarde
Pero no pudo ocultar una leve expresión de su admiración por este intrigante personaje. « Dios mío, no sé dónde va a buscar tan exuberante imaginación ».
Esta vez fueron otros. Sabía, no obstante, que la próxima vez volverá a ser ella y su impotencia la diana  de esta fértil imaginación.
Frente al espejo, contando las nuevas arrugas surgidas durante la noche, según decía, volvió a descubrir que el sueño de dejar de sufrir era el único que aún le quedaba a pesar de que ella nunca conoció, como muchas otras mujeres de su edad, un ritmo de crucero.
« De todos modos sólo la fé es una verdadera riqueza », solía comentar para consolarse.
     -     A mí me da lo mismo vivir en un palacio que en un cubo de basura, le respondió a Ami Abdeslam cuando le preguntó irónico de que, con su manta comprada de contrabando desde Ceuta, tenía el aspecto de una imperadora, recién perdido su trono
     -     Eres modesta, la respondióó con cortesía y una seudo admiración que ella conocía de sobra
     -     No es la modestia sino la realidad. Mi cruda realidad. La vida me obliga a ser modesta y a no olvidar nunca de rendir homenaje a la nostalgia y a no perder de vista lo que soy
     -     Toda una princesa. Por cierto ¿ Conoces la historia del individuo que decía que era un modelo de corrección : duerme muy temprano, nunca se fija en las señoras, come lo que le sirven y nunca bebe ?.
     -     La historia del preso. Nos lo contaste por lo menos diez veces, le cortaron en coro
Yamna simulaba minuciosamente su irritación ante su militancia por el humor... cualquier humor. Pero era incapaz de cambiar el curso de los acontecimientos. « ¿Y quién soy yo para hacerlo en una familia cuyas reacciones a las ideas forasteras son casi siempre irascibles? reconocía con humildad pero sin abandonar su aire de majestuosidad. Para ella las apariencias pueden engañar. Cuando estaba de morros se consolaba afirmando en voz muy baja, para engañar el aburrimiento, que « no siempre depende de los demás y de todas formas, quieran o no, yo soy una de ellos… de todos ellos y aunque no lo confesaran tenemos una comunidad de puntos de vista que ni ellos ni yo expresamos en voz alta ».
Era su manera de abofetear la moral de la sociedad donde vivίa « para mí es casi una felicidad », pensaba petrificada de timidez.
Diferentes reflexiones, la misma impotencia. Entre una virtualidad reivindicada y el fatalismo imperante, Yamna sabía que estaba a menos de dos dedos de la perdición. La noción de ‘darna’ [2]le daba azotes. Cada vez que alguien la pronunciaba sentía un nudo en la garganta. « ¿Y la mía dónde está? » se preguntaba con espanto. Sin embargo era conciente de que sólo era un consejo del miedo.
El yugo del suspense y de la inseguridad amplificaba la magnitud de su drama de todos sus días.
Ahora se preguntaba lo que quiso decir Ami Abdeslam cuando una frívola mañana primaveral en la huerta de Bujarrah[3] de regreso de un corto paseo por la ladera del pequeño monte les contó una impúdica anécdota.
     -     Entrando  casa, la esposa de un amigo encontró a su marido en la cama con una seductora joven y cuando quería irse su marido la detuvo, decidiéndole que le gustaría que supiera cómo pudo llegar a este extremo
     -     Abdeslam. Es indecente, exclamó Hajja Zohra
     -     Déjale terminar, la cortó Amina
     -     Si no está nadie
     -     Lo de la cama, la esposa, el esposo y...
     -     Déjale terminar ¡Será posible!
Entre una presencia totalmente femenina si no era el orgasmo, casi
     -     ¿Y qué pasó?, reclamaron
     -     Pues... El marido se puso a explicar a su esposa irritada pero paciente: de regreso a casa me  encontré a esta criatura en el camino muy cansada, la pobre. Me dijo que no comió desde hacía días fue entonces cuando me la traje a casa para darle el resto de tu plato de Cus-Cus [4] que tú no comiste este mediodía
     -     ¡Pobrecita! exclamaron irónicamente. ¿Y luego?
Tenían prisa para llegar al excitante « grano »
     -     El tío siguió contando con buena fé y...
   -     E inocencia, me imagino ¿No?
     -   Proseguía su relato: Observé que sus zapatos tenían agujeros por todos lados, siguió explicando el pobre amigo así que decidí darle tus zapatos rojos que no usas desde hace semanas. También tenía frío y le di tu abrigo que te regalé y que nunca te gustó. Le di asimismo un par de tus chilabas cuyos colores no te gustan y que no usas tampoco. La pobre estaba tan feliz y antes de salir de la casa me preguntó ¿ hay otra cosa que tu esposa dejó de usar ? y ..
La carcajada colectiva salpicada de ciertas gesticulaciones de hipócrita pudor se apagaron con la voz de Sidi Mohamed desde el huerto donde realizaba algunos injertos en las flores: « Los dos bienes más deseables a Dios son la ciencia y la caridad y las dos cosas más detestables a Él son la ignorancia y el egoísmo ».[5]
     -     ¿Quién es egoísta, tú o la esposa del tío que nos acabas de contar?
     -   No comentes lo que dice El Fquih contestó Ami Abdeslam con respeto y veneración hacia su ausente hermano, dirigiendo la mirada hacia donde se encontraba éste
En el rostro de Yamna con abundantes pero bien arregladas cejas que parecían caligrafía, comenzaba a dibujarse de nuevo el reflejo de la inevitable vulnerabilidad. Pocos conocían a Sidi Mohamed como ella y buscaba desesperadamente el medio de que  sepa que « no era ella, sino que fueron otros ». 
En la única habitación, construida durante años por un improvisado albañil, que a excepción de su afán de buscar la vida, nada tenía que ver con este oficio, amontonados alegremente, los miembros de la familia seguían los movimientos de Sidi Mohamed.
Constatando que era el único macho, Ami Abdeslam prefirió eclipsarse en espera de momentos mejores no tanto por la providencial aunque indirecta intervención-orientación de su hermano mayor, sino porque sabía que metió pata.
Fuera, la primavera tetuaní brillaba con mil colores. Las mariposas parecían tener acento local y en vez de avivar las alergias, el polen perfumaba el lugar con la brisa del no muy lejano Mediterráneo.
Ignorando la amenaza que representaba la primavera sobre su deteriorada salud, Yamna combatía su asma con la gracia de Ami Abdeslam, conciente de que el polen y las alergias eran infinitamente menos nocivos que su ironía.
Pero ella prefería quedarse con el... rebaño.

Para la familia, la vida cotidiana campestre revolucionaba los usos, las costumbres y hasta los valores tradicionales y « otras tonterías » como las calificaba Ami Hmed, indeseable en estas circunstancias y en muchas otras pero firmemente convencido de que « todo pasado por más glorioso que fuera, es remoto, anticuado y caduco ». Era su manera íntima de alzarse contra la exclusión y la marginación.
     -     Si estamos aquí es para olvidar el agobio
     -     Pero no a expensas de las buenas maneras
     -     A esto le llaman vacaciones y que no debe parecer en nada a la vida cotidiana del resto del año
     -     Baja la voz antes de que te oiga y nos amargarás estas va...ca...cio...nes
Todo el mundo robaba los minutos en que Sidi Mohamed salía para admirar « la grandeza del universo nocturno de Dios ».
Por la mañana temprano todos esperaban, desde la habitación convertida en una lata de conservas, la suave y angelical voz de Sidi Mohamed  que comenzaba siempre el día, salmodiando el Corán:
« ¡Lee! ¡En el nombre de tu Señor que todo lo creó! Creó al hombre de algo que se aferra. Proclama: Que tu Señor es el más generoso. Que enseñó el uso del lápiz (cálamo). Enseñó lo que no sabía. » [6].

     -     ¡Extraordinario!
     -     Parece que adivina lo que pensamos.
     -     El hombre es un santo.
     -     Un verdadero santo.
     -     Pero que debe saber que no todos queremos ni podemos ser santos.

Allí, ni en primavera ni en invierno llovía al gusto de todos.
Guardia del templo...familiar y orgulloso de serlo, observando todo y velando para evitar los descaríos, Sidi Mohamed parecía, a veces, tener ganas de gritar sin ambigüedad: « Todas sois unas perversas ».
     -     ¡Qué va!
     -     No creo que Sidi Mohamed conozca este vulgar vocabulario.
     -     Si es como todos nosotros. Nació, creció y.
     -     Esto. Él también fue joven.
     -     Pero devoto... muy devoto. Nació y creció santo, corrigió, seguro de él, su hermano menor y dentro de lo que cabe, su discípulo, Ami Abdeslam.
Unanimidad como arma letal. Desde fuera, todo parecía otra cosa... Otro mundo.
Yamna desmentía todas las mañanas a los que aconsejaban las vísperas de preparar sus funerales. Seguía vegetando sin comprender por qué lo de « Te amo » era una frase hueca. « En principio yo también puedo y debo ejercer mi legítimo derecho de amar ». Quedaba enigmáticamente muda y remataba: « Sólo aprendí a odiar. Me aconsejaron que era mi único fondo de comercio ».
Tanta angustia... tanta ansiedad...
Además de una irresistible admiración, cada vez que veía a Ami Abdeslam, sentía por él cierta compasión. Nada predisponía el trágico cruce de sus respectivos destinos. Tampoco  comprendía por qué se sentía reticente a la idea de responder a sus incesantes humillaciones en forma caricaturizada « Me imagino que responder a las burlas es un derecho ». Pero, en cambio, era conciente de que todas las demás recurrían a las discretas insinuaciones para provocarlo. « ¿Que se muestren luego indignadas ? ». Es otra historia.
     -     Un amigo me contó, comenzóó su relato en medio de un simulado desinterés de quien escapaba la impaciencia. Se quedó mudo un instante
     -     ¿Qué te contó tu amigo ?, le preguntaron en coro
     -     ... Que hacía unos 15 días leyó en la prensa que fumar mata. Al día siguiente dejó de fumar. Una semana después leyó en el mismo rotativo que trasnochar también mata. La misma noche durmió muy temprano. Y un día.
     -     ¿Qué pasó? exclamaron al unísono
     -     ...Un día leyó que hacer el amor también puede matar
     -     ¿Y qué hizo?
     -     Decidió dejar de leer
     -     Que eres un sinvergüenza
     -     Eso. Que eres un sinvergüenza
     -     Un sinvergüenza que os chifla a todas
La carcajada, envuelta en una admiración por la indecencia del amigo de Ami Abdeslam, ilustraba el avanzado grado de incredulidad  y la herejía sexual de todas aquellas damas y su extrema hipocresía, una vez consumado el relato inmoral, fiel reflejo de una compleja sociedad, donde la represión sexual nunca existió a pesar del carácter eternamente religioso de la vida.
Ni siquiera Yamna, con sus continuos suspiros al borde del desmayo, escapaba a la regla. Cualquier signo... Cualquier gesto o estremecimiento de la expresividad de todos o de nadie, constituía la màs satisfactoria de las explicaciones.
Una sociedad avanzada de años a su tiempo…pero que tropezaba en el progreso.

Desde su improvisado lecho en el suelo, Yamna escuchaba atentamente la resonancia del viento que se alejaba como su  sueño. Junto a ella « yacían » otros cuerpos, amontonados y exhaustivamente seleccionados por la ama de casa para no desatar las pasiones. Allí la noche nunca trajo consejos...  Nadie tampoco los necesitaba. La visión colectiva y muy a menudo unánime de las cuestiones más controvertidas, sin debate ni discusión, lo corroboraba.
Yamna lo sabía a ciencia exacta: desde hacía una eternidad, en Tetuán la tierra dejó de girar y  todos los puntos de vista se convirtieron en cardinales. Por ello, desplegaba un enorme esfuerzo para simular su irresistible adhesión a las curiosidades. Prefería dar la imagen de una mujer moderna que, además de su función como doméstica, tenía, como el resto de las categorías de la sociedad, otras preocupaciones...otras ambiciones y sus propias preferencias.
Todo el mundo lo reconocía, unos con más curiosidad que otros: a pesar de que no se sabía nada de ella o muy poco, a todos, o bien, porque supo imponer su modo sutil y preciso, o bien por haber sabido compartir su silencio cansado, les era familiar... Casi íntima... tanto que su anonimato relativo no interesaba a nadie o a muy pocos.
Obsesionada desde que su asma la condenó a la mendicidad moral, pero esperanzada de manera casi infantil por los hijos menores de la familia de acogida que por sus propios proyectos del futuro, todo el mundo echaba ahora de menos a su exuberante vitalidad de antaño y a sus palabras que parecían ataques cardiacos.

     -     Da la impresión de que la pobre Yamna no necesita palabras de arrepentimiento.
     -     ¿Por sus adulterios ?
     -     No creo que los haya cometido.
     -     Aquí nadie sabe lo que pasa o haya pasado. Todo el mundo cree o finge ser un ángel depuesto... de fuera, agitado de espíritu y de preferencias sexuales de dentro.
     -     ¡Eres injusta!
     -     Pero razonable. Cada uno se cree lo que no es. La humildad no forma parte de nuestras tradiciones nacionales
     -     Ni de nuestros usos familiares
Diálogo de sordos ilustración de un síndrome del cansancio moral crónico. Nadie estaba de acuerdo. Pero tampoco nadie discrepaba. Se hablaba por hablar y se razonaba para crucificar el tiempo y el aburrimiento.

Sin ningún bache en la memoria. Desde las viviendas secundarias de  Bujarrah o de Martil, pasando por la de Tetuán, el humor de Ami Abdeslam suscitaba los mismos silencios de honor. Yamna y su crisis existencial seguían siendo su blanco, comenzando como una película de aventura y terminando con largas y provocadoras carcajadas que la hacían sufrir atrozmente sin abandonar su mirada y su sonrisa seca, casi prefabricada que traicionaba su afán de parecer lo que no era.
          Con aquella gente tenía la impresión de estar siempre en las costumbres del pasado. «  Dios mío. Aquí nunca, nada cambia ». « Tal vez sea mejor así. En esta sociedad nunca cosas nuevas fueron mejor ».
Entre paciencia y escepticismo aceptaba su destino con una sana complicidad e incluso, a veces, de manera emocionante, como una ficción, cultivando de este modo su propio modo de vida incrustado entre lo verdadero y lo irreal.
Escuchando los juegos de palabra de mal gusto de Ami Abdeslam, Yamna comprendió que más que virtud o valor, debía considerar su paciencia como una religión. Tanta crueldad y tormento la encerraban en una definición unívoca « aunque, gracias a Dios, no me impide ser justa ».
     -     ¿Tú, justa?
Comprendió la reflexión: Sólo los que tenían más o con instintos sociales despiadados tenían el abstracto derecho de diagnosticar lo que era justo y lo que no lo era.
A pesar de su aparente desgarrada sensibilidad, a Ami Abdeslam parecía importarle poco... muy poco lo que sentía el prójimo. Lo esencial, para él, era hacer resurgir las fuertes emociones y las fuertes emociones sólo pueden arrancar a expensas de la dignidad y la impotencia de una doméstica, obligada a consentir lo que le dolía.
Aunque nunca se lo pudo reprochar, Yamna sabía desde hacía años que a pesar de su sonrisa de una curiosa inverosimilitud, Ami Abdeslam era poco atento a la desgracia de los demás, menos aún de quien consideraba como la criada familiar.
La vida le enseñó que los que corrigieron algo lo hicieron por la fuerza y ella no la tenía.
     -     Yamna sigue conservando pequeños fragmentos de la belleza.
     -     Parece que comunica con el otro lado del espejo.
     -     Pero necesita planchar todas las mañanas sus arrugas.
Lo último era de Ami Abdeslam, en alusión a su última tomadura de pelo, cuando se lo aconsejó a la pobre mujer y cuando ésta lo aplicaba asiduamente con una plancha rudimentaria calentada en fuego de carbón.     
Se había acostumbrado a la ligereza de tono. Se había acostumbrado también a estar obligada a la misma y dolorosa indulgencia. Era su mundo. « La célula a la que me condenó la vida ». Se refería a la familia y la casa donde vivía.
Yamna lo sabía mejor que nadie: para seguir sobreviviendo, los destinados a ser póstumos, como ella, no debían ver nada, no debían escuchar nada y no debían decir nada. Sólo debían aprender a navegar en las vicisitudes de los demás porque « no existe inmunidad contra la evidencia ».
El tiempo y la mala suerte le enseñaron a acatarlo con  una incontestable evidencia cuando no maestría.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                      
Su afilado instinto y su innegable lealtad no le permitían olvidar jamás el acuerdo tácito entre « protector » y « protegido »... sin necesidad de hombres o mujeres de paja ni balas perdidas.
     -     Los viernes por la mañana desaparece sin dejar rostro
   -     A lo mejor va a rezar la oración solemne
     -     ¡Qué và! Si ella no reza
     -     ¿Quién te lo dijo, imbécil?
     -     Eh, no insultes
     -     Los que acusan sin prueba son, efectivamente, imbéciles
     -     Pues ...Ni yo ni nadie la vio nunca rezar
     -     Yo si
Un día por semana, aconsejada discretamente por R’Kucha, Yamna hacía una interminable cola en Sidi Frej[7] para un examen psicológico y psiquiátrico en la consulta del Doctor Turrégano.
     -     Sé que no tienes ninguna patología mental. Sin  embargo yo te aconsejo que lo veas
     -     Pero si es un médico de locos.
     -     Que no, ¡tonta!, un psicoanalista es un médico como cualquier otro y además en esta casa y en este país todos estamos locos perdidos. Unos más que otros
Inspirada por la deplorable actitud de los que sabían más, Yamna sonrió prudentemente.
Desde entonces, cada vez que se encontraba en su exigua alcoba, analizaba mil veces la receta del Doctor Turrégano «  Que Dios me perdone, este nasrani[8] lo conoce todo... todo hasta el futuro ».
     -     El sentido del esfuerzo, contestó R’Kucha cuando Yamna le contó con admiración la amabilidad, el humanismo y la calidad de las palabras del psicoanalista español, tetuaní de pura cepa y servidor de una sociedad que quería y cuidaba como si fuese su propia familia
     -     Como si estuvieras con tu padre o, en mi caso, con mi hermano
     -     Tetuán y su perturbada mente le debe mucho a este caballero



[1]  En persa, planta araliácea trepadora que crece en el desierto  y que se pega a los árboles  o rocas.
[2]  Nuestra casa o nuestro hogar
[3] Aldea en las cercanías de Tetuán
[4] Comida típica marroquí
[5]  Profeta Muhammad ( SAS )
[6]  Corán. 96 : 1,2,3,4 y 5
[7]  Manicomio con nombre de un santo musulmán
[8]  Extranjero, español en el léxico tetuaní

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