« En el Día del Juicio
Final pesarà la tinta de los sabios y la sangre de los màrtires. No habrà
ninguna diferencia entre ambas »
Profeta Muhammad (SAS)
Yamna no era distinta. O por lo menos no tanto. Como la mayoría de los tetuaníes de poca cepa como ella, no quería perder sus sueños inciertos de hechos improbables. Sin embargo sus grandes y apagados ojos negros reflejaban enigmáticamente una sospecha de desprecio hacia todos y todo. Entre ambición de un mañana mejor y la continua inquietud de que sea imposible, todas las noches y parte de las mañanas juraba no volver a decir esta boca es mía. « Ya he hablado lo suficiente. ¿Qué he dicho y quién me ha escuchado? Debería observar, desde ahora en adelante, un total desayuno verbal ».
Al día
siguiente olvidaba su estado depresivo y a menudo discretamente suicidario y
volvía a hablar... volvía a escuchar. Parecía olvidar sus ambiciones. Tomaba
sus deseos por realidad... la única realidad.
Vivía, como se
lo dijo una vez Ami Layachi, con la mirada convergida hacia el retrovisor.
- « Y yo digo
que tiene razón » le respondió irritada su esposa Khaduja
- ¿Por qué?
- Lo suyo es una tragedia en
blanco y negro
- Te juro que no te comprendo
- A pesar de generosa en el esfuerzo, lo suyo no es
precisamente un destino de princesa
- Ni tampoco el tuyo ni el mío
- No lo niego pero en
comparación con ella yo soy una reina
- Esto, querida Khaduja, se llama salto en
el vacío
Vivió en mil casas, pero
ésta, a pesar de la geómetraía variable y a veces
abstracta entre los propios hijos y que nadie contestaba porque no podía, era el
terreno de su predilección. Para ella era lo mejor « dentro de lo que
cabe ».
Yamna era, como la solía
comparar de manera fluida y expresiva Ami Hmed, filósofo por intuición y
eternamente inspirado cuando se trata de insultar, una hiedra[1].
Sin embargo, ella se sentía en su intimidad felizmente próxima a cada uno de
los miembros de esta extravagante familia por su promiscuidad de lo
desconocido. « En esta sociedad todos los matrimonios son de interés » decía encogiéndose
de hombros como para justificar su seudo-legal vίnculo con la familia.
En su vetusta y
misteriosa maleta de cuero amarillento había más ropa infantil de una niña soñada que propia necesaria e
incluso indispensable para cubrirse. Cada vez tejía una nueva mitología en su fértil
pero perturbada imaginación, mezcla híbrida de indeciso consentimiento y
anhelado rechazo.
¿Vacuidad de
la situación? se preguntaba con espanto.
Comenzaba a pensar en lo
inevitable. Sabía que el asma la estaba devorando.
Pero, en cambio, ignoraba
o fingía ignorar por qué no tenía nunca la certeza de la respuesta que debe
aportar a sus menos visibles pero más sutiles proyectos del presente y futuro.
Aplazaba incesantemente sus decisiones. Comenzaba a vivir en una hermética
incertidumbre y a veces parecía que le gustaba sepultar por fuerza o necesidad
las posibilidades de la perspectiva.
A causa del frío o por
pereza, le gustaba escuchar en invierno como en verano, desde el fondo de una
manta, los arbitrarios sobresaltos de
humor de todo color de Ami Abdeslam.
« La misma
cantinela », comentaba al término de sus anécdotas, haciendo un enorme esfuerzo para
ocultar una carcajada, no porque le
resultaba gracioso lo que escuchaba, sino porque se acordaba de aquél jefe que
al terminar de contar a sus empleados un chiste pesado observó que todos reían
desenfrenadamente menos uno.
- ¿Qué te pasa Yassin que no te
gustó mi chiste?
- No señor. Es que yo presenté
mi dimisión esta tarde
Pero no pudo ocultar una
leve expresión de su admiración por este intrigante
personaje. « Dios mío, no sé dónde va a buscar tan exuberante imaginación ».
Esta vez fueron otros.
Sabía, no obstante, que la próxima vez volverá a ser ella y su impotencia la
diana de esta fértil imaginación.
Frente al espejo,
contando las nuevas arrugas surgidas durante la noche, según decía, volvió a
descubrir que el sueño de dejar de sufrir era el único que aún le quedaba a
pesar de que ella nunca conoció, como muchas otras mujeres de su edad, un ritmo
de crucero.
« De todos modos sólo la
fé es una verdadera riqueza », solía comentar para
consolarse.
- A mí me da lo mismo vivir en
un palacio que en un cubo de basura, le respondió a Ami Abdeslam cuando le
preguntó irónico de que, con su manta comprada de contrabando desde Ceuta, tenía
el aspecto de una imperadora, recién perdido su trono
- Eres modesta, la respondióó con cortesía y una seudo
admiración que ella conocía de sobra
- No es la modestia sino la
realidad. Mi cruda realidad. La vida me obliga a ser modesta y a no olvidar
nunca de rendir homenaje a la nostalgia y a no perder de vista lo que soy
- Toda una princesa. Por
cierto ¿ Conoces la historia del individuo que decía que era un modelo de
corrección : duerme muy temprano, nunca se fija en las señoras, come lo
que le sirven y nunca bebe ?.
- La historia del preso. Nos
lo contaste por lo menos diez veces, le cortaron en coro
Yamna simulaba
minuciosamente su irritación ante su militancia por el humor... cualquier
humor. Pero era incapaz de cambiar el curso de los acontecimientos. « ¿Y quién
soy yo para hacerlo en una familia cuyas reacciones a las ideas forasteras son
casi siempre irascibles? reconocía con humildad pero sin abandonar su aire de
majestuosidad. Para ella las apariencias pueden engañar. Cuando estaba de
morros se consolaba afirmando en voz muy baja, para engañar el aburrimiento,
que « no siempre depende de los demás y de todas formas, quieran o no, yo
soy una de ellos… de todos ellos y aunque no lo confesaran tenemos una
comunidad de puntos de vista que ni ellos ni yo expresamos en voz alta ».
Era su manera de
abofetear la moral de la sociedad donde vivίa « para mí es casi una
felicidad », pensaba petrificada de timidez.
Diferentes reflexiones,
la misma impotencia. Entre una virtualidad reivindicada y el fatalismo imperante,
Yamna sabía que estaba a menos de dos dedos de la perdición. La noción de ‘darna’
[2]le
daba azotes. Cada vez que alguien la pronunciaba sentía un nudo en la garganta.
« ¿Y la mía dónde está? » se preguntaba con espanto. Sin embargo era conciente
de que sólo era un consejo del miedo.
El yugo del suspense y de
la inseguridad amplificaba la magnitud de su drama de todos sus días.
Ahora se preguntaba lo
que quiso decir Ami Abdeslam cuando una frívola mañana primaveral en la huerta
de Bujarrah[3] de regreso de un corto
paseo por la ladera del pequeño monte les contó una impúdica anécdota.
- Entrando casa, la esposa de un amigo encontró a su
marido en la cama con una seductora joven y cuando quería irse su marido la
detuvo, decidiéndole que le gustaría que supiera cómo pudo llegar a este
extremo
- Abdeslam. Es indecente,
exclamó Hajja Zohra
- Déjale terminar, la cortó Amina
- Si no está nadie
- Lo de la cama, la esposa, el
esposo y...
- Déjale terminar ¡Será posible!
Entre una presencia
totalmente femenina si no era el orgasmo, casi
- ¿Y qué pasó?, reclamaron
- Pues... El marido se puso a
explicar a su esposa irritada pero paciente: de regreso a casa me encontré a esta criatura en el camino muy
cansada, la pobre. Me dijo que no comió desde hacía días fue entonces cuando me
la traje a casa para darle el resto de tu plato de Cus-Cus [4]
que tú no comiste este mediodía
- ¡Pobrecita! exclamaron
irónicamente. ¿Y luego?
Tenían prisa para llegar
al excitante « grano »
- El tío siguió contando con
buena fé y...
- E inocencia, me imagino ¿No?
- Proseguía su relato: Observé
que sus zapatos tenían agujeros por todos lados, siguió explicando el pobre
amigo así que decidí darle tus zapatos rojos que no usas desde hace semanas.
También tenía frío y le di tu abrigo que te regalé y que nunca te gustó. Le di
asimismo un par de tus chilabas cuyos colores no te gustan y que no usas
tampoco. La pobre estaba tan feliz y antes de salir de la casa me preguntó ¿
hay otra cosa que tu esposa dejó de usar ? y ..
La carcajada colectiva
salpicada de ciertas gesticulaciones de hipócrita pudor se apagaron con la voz
de Sidi Mohamed desde el huerto donde realizaba algunos injertos en las flores:
« Los dos bienes más deseables a Dios son la ciencia y la caridad y las dos
cosas más detestables a Él son la ignorancia y el egoísmo ».[5]
- ¿Quién es egoísta, tú o la esposa
del tío que nos acabas de contar?
- No comentes lo que dice El
Fquih contestó Ami Abdeslam con respeto y veneración hacia su ausente hermano,
dirigiendo la mirada hacia donde se encontraba éste
En el rostro de Yamna con
abundantes pero bien arregladas cejas que parecían caligrafía, comenzaba a
dibujarse de nuevo el reflejo de la inevitable vulnerabilidad. Pocos conocían a
Sidi Mohamed como ella y buscaba desesperadamente el medio de que sepa que « no era ella, sino que fueron otros
».
En la única habitación,
construida durante años por un improvisado albañil, que a
excepción de su afán de buscar la vida, nada tenía que ver con este oficio,
amontonados alegremente, los miembros de la familia seguían los movimientos de Sidi
Mohamed.
Constatando que era el
único macho, Ami Abdeslam prefirió eclipsarse en espera de momentos mejores no
tanto por la providencial aunque indirecta intervención-orientación de su
hermano mayor, sino porque sabía que metió pata.
Fuera, la primavera tetuaní brillaba
con mil colores. Las mariposas parecían tener acento local y en vez de avivar
las alergias, el polen perfumaba el lugar con la brisa del no muy lejano Mediterráneo.
Ignorando la amenaza que
representaba la primavera sobre su deteriorada salud, Yamna combatía su asma
con la gracia de Ami Abdeslam, conciente de que el polen y las alergias eran
infinitamente menos nocivos que su ironía.
Pero ella prefería
quedarse con el... rebaño.
Para la familia, la vida
cotidiana campestre revolucionaba los usos, las costumbres y hasta los valores
tradicionales y « otras tonterías » como las calificaba Ami Hmed, indeseable en
estas circunstancias y en muchas otras pero firmemente convencido de que « todo
pasado por más glorioso que fuera, es remoto, anticuado y caduco ». Era su
manera íntima de alzarse contra la exclusión y la marginación.
- Si estamos aquí es para
olvidar el agobio
- Pero no a expensas de las
buenas maneras
- A esto le llaman vacaciones
y que no debe parecer en nada a la vida cotidiana del resto del año
- Baja la voz antes de que te oiga
y nos amargarás estas va...ca...cio...nes
Todo el mundo robaba los
minutos en que Sidi Mohamed salía para admirar « la grandeza del universo
nocturno de Dios ».
Por la mañana temprano
todos esperaban, desde la habitación convertida en una lata de conservas, la
suave y angelical voz de Sidi Mohamed
que comenzaba siempre el día, salmodiando el Corán:
« ¡Lee! ¡En el nombre de
tu Señor que todo lo creó! Creó al hombre de algo que se aferra. Proclama: Que
tu Señor es el más generoso. Que enseñó el uso del lápiz (cálamo). Enseñó lo
que no sabía. » [6].
- ¡Extraordinario!
- Parece que adivina lo que
pensamos.
- El hombre es un santo.
- Un verdadero santo.
- Pero que debe saber que no
todos queremos ni podemos ser santos.
Allí, ni en
primavera ni en invierno llovía al gusto de todos.
Guardia del
templo...familiar y orgulloso de serlo, observando todo y velando para evitar
los descaríos, Sidi Mohamed parecía, a veces, tener ganas de gritar sin ambigüedad:
« Todas sois unas perversas ».
- ¡Qué va!
- No creo que Sidi Mohamed
conozca este vulgar vocabulario.
- Si es como todos nosotros.
Nació, creció y.
- Esto. Él también fue joven.
- Pero devoto... muy devoto.
Nació y creció santo, corrigió, seguro de él, su hermano menor y dentro de lo
que cabe, su discípulo, Ami Abdeslam.
Unanimidad como arma
letal. Desde fuera, todo parecía otra cosa... Otro mundo.
Yamna desmentía todas las
mañanas a los que aconsejaban las vísperas de preparar sus funerales. Seguía
vegetando sin comprender por qué lo de « Te amo » era una frase hueca. « En
principio yo también puedo y debo ejercer mi legítimo derecho de amar ».
Quedaba enigmáticamente muda y remataba: « Sólo aprendí a odiar. Me aconsejaron
que era mi único fondo de comercio ».
Tanta angustia... tanta ansiedad...
Además de una
irresistible admiración, cada vez que veía a Ami Abdeslam, sentía por él cierta
compasión. Nada predisponía el trágico cruce de sus respectivos destinos.
Tampoco comprendía por qué se sentía
reticente a la idea de responder a sus incesantes humillaciones en forma
caricaturizada « Me imagino que responder a las burlas es un derecho ». Pero,
en cambio, era conciente de que todas las demás recurrían a las discretas
insinuaciones para provocarlo. « ¿Que se muestren luego
indignadas ? ». Es otra historia.
- Un amigo me contó, comenzóó su relato
en medio de un simulado desinterés de quien escapaba la impaciencia. Se quedó
mudo un instante
- ¿Qué te contó tu amigo ?, le
preguntaron en coro
- ... Que hacía unos 15 días
leyó en la prensa que fumar mata. Al día siguiente dejó de fumar. Una semana
después leyó en el mismo rotativo que trasnochar también mata. La misma noche
durmió muy temprano. Y un día.
- ¿Qué pasó? exclamaron al
unísono
- ...Un día leyó que hacer el
amor también puede matar
- ¿Y qué hizo?
- Decidió dejar de leer
- Que eres un sinvergüenza
- Eso. Que eres un sinvergüenza
- Un sinvergüenza que os
chifla a todas
La carcajada, envuelta en
una admiración por la indecencia del amigo de Ami Abdeslam, ilustraba el
avanzado grado de incredulidad y la
herejía sexual de todas aquellas damas y su extrema hipocresía, una vez
consumado el relato inmoral, fiel reflejo de una compleja sociedad, donde la
represión sexual nunca existió a pesar del carácter eternamente religioso de la
vida.
Ni siquiera Yamna, con
sus continuos suspiros al borde del desmayo, escapaba a la regla. Cualquier
signo... Cualquier gesto o estremecimiento de la expresividad de todos o de nadie,
constituía la màs satisfactoria de las explicaciones.
Una sociedad avanzada de
años a su tiempo…pero que tropezaba en el progreso.
Desde su improvisado
lecho en el suelo, Yamna escuchaba atentamente la resonancia del viento que se
alejaba como su sueño. Junto a ella «
yacían » otros cuerpos, amontonados y exhaustivamente seleccionados por la ama
de casa para no desatar las pasiones. Allí la noche nunca trajo
consejos... Nadie tampoco los
necesitaba. La visión colectiva y muy a menudo unánime de las cuestiones más controvertidas,
sin debate ni discusión, lo corroboraba.
Yamna lo sabía a ciencia
exacta: desde hacía una eternidad, en Tetuán la tierra dejó de girar y todos los puntos de vista se convirtieron en
cardinales. Por ello, desplegaba un enorme esfuerzo para simular su
irresistible adhesión a las curiosidades. Prefería dar la imagen de una mujer
moderna que, además de su función como doméstica, tenía, como el resto de las categorías
de la sociedad, otras preocupaciones...otras ambiciones y sus propias
preferencias.
Todo el
mundo lo reconocía, unos con más curiosidad que otros: a pesar de que no se
sabía nada de ella o muy poco, a todos, o bien, porque supo imponer su modo
sutil y preciso, o bien por haber sabido compartir su silencio cansado, les era
familiar... Casi íntima... tanto que su anonimato relativo no interesaba a
nadie o a muy pocos.
Obsesionada desde que su
asma la condenó a la mendicidad moral, pero esperanzada de manera casi infantil
por los hijos menores de la familia de acogida que por sus propios proyectos
del futuro, todo el mundo echaba ahora de menos a su exuberante vitalidad de
antaño y a sus palabras que parecían ataques cardiacos.
- Da la impresión de que la
pobre Yamna no necesita palabras de arrepentimiento.
- ¿Por sus adulterios ?
- No creo que los haya
cometido.
- Aquí nadie sabe lo que pasa
o haya pasado. Todo el mundo cree o finge ser un ángel depuesto... de fuera,
agitado de espíritu y de preferencias sexuales de dentro.
- ¡Eres injusta!
- Pero razonable. Cada uno se
cree lo que no es. La humildad no forma parte de nuestras tradiciones
nacionales
-
Ni de nuestros usos familiares
Diálogo de sordos
ilustración de un síndrome del cansancio moral crónico. Nadie estaba de acuerdo.
Pero tampoco nadie discrepaba. Se hablaba por hablar y se razonaba para
crucificar el tiempo y el aburrimiento.
Sin ningún bache en la
memoria. Desde las viviendas secundarias de
Bujarrah o de Martil, pasando por la de Tetuán, el humor de Ami Abdeslam
suscitaba los mismos silencios de honor. Yamna y su crisis existencial seguían
siendo su blanco, comenzando como una película de aventura y terminando con
largas y provocadoras carcajadas que la hacían sufrir atrozmente sin abandonar
su mirada y su sonrisa seca, casi prefabricada que traicionaba su afán de
parecer lo que no era.
Con aquella gente tenía la impresión de estar siempre en las
costumbres del pasado. « Dios mío. Aquí nunca, nada
cambia ». « Tal vez sea mejor así. En esta sociedad nunca cosas
nuevas fueron mejor ».
Entre paciencia y escepticismo
aceptaba su destino con una sana complicidad e incluso, a veces, de manera
emocionante, como una ficción, cultivando de este modo su propio modo de vida
incrustado entre lo verdadero y lo irreal.
Escuchando los juegos de
palabra de mal gusto de Ami Abdeslam, Yamna comprendió que más que virtud o
valor, debía considerar su paciencia como una religión. Tanta crueldad y
tormento la encerraban en una definición unívoca « aunque,
gracias a Dios, no me impide ser justa ».
- ¿Tú, justa?
Comprendió la reflexión:
Sólo los que tenían más o con instintos sociales despiadados tenían el
abstracto derecho de diagnosticar lo que era justo y lo que no lo era.
A pesar de su aparente
desgarrada sensibilidad, a Ami Abdeslam parecía importarle poco... muy poco lo
que sentía el prójimo. Lo esencial, para él, era hacer resurgir las fuertes
emociones y las fuertes emociones sólo pueden arrancar a expensas de la
dignidad y la impotencia de una doméstica, obligada a consentir lo que le
dolía.
Aunque nunca se lo pudo
reprochar, Yamna sabía desde hacía años que a pesar de su sonrisa de una
curiosa inverosimilitud, Ami Abdeslam era poco atento a la desgracia de los demás,
menos aún de quien consideraba como la criada familiar.
La vida le enseñó que los que corrigieron
algo lo hicieron por la fuerza y ella no la tenía.
- Yamna sigue conservando
pequeños fragmentos de la belleza.
- Parece que comunica con el
otro lado del espejo.
- Pero necesita planchar todas
las mañanas sus arrugas.
Lo último era de Ami
Abdeslam, en alusión a su última tomadura de pelo, cuando se
lo aconsejó a la pobre mujer y cuando ésta lo aplicaba asiduamente con una
plancha rudimentaria calentada en fuego de carbón.
Se había
acostumbrado a la ligereza de tono. Se había
acostumbrado también a estar obligada a la misma y dolorosa indulgencia. Era su
mundo. « La célula a la que me condenó la vida ». Se refería a la
familia y la casa donde vivía.
Yamna lo sabía mejor que
nadie: para seguir sobreviviendo, los destinados a ser póstumos, como ella, no
debían ver nada, no debían escuchar nada y no debían decir
nada. Sólo debían aprender a navegar en las vicisitudes de los demás porque
« no existe inmunidad contra la evidencia ».
El tiempo y la mala suerte le
enseñaron a acatarlo con una
incontestable evidencia cuando no maestría.
Su afilado instinto y su
innegable lealtad no le permitían olvidar jamás el
acuerdo tácito entre « protector » y « protegido »... sin necesidad de hombres
o mujeres de paja ni balas perdidas.
- Los viernes por la mañana desaparece sin
dejar rostro
- A lo mejor va a rezar la
oración solemne
- ¡Qué và! Si ella no reza
- ¿Quién te lo dijo, imbécil?
- Eh, no insultes
- Los que acusan sin prueba son,
efectivamente, imbéciles
- Pues ...Ni yo ni nadie la vio nunca
rezar
- Yo si
Un día por semana, aconsejada
discretamente por R’Kucha, Yamna hacía una interminable cola en Sidi Frej[7] para un examen
psicológico y psiquiátrico en la consulta del Doctor Turrégano.
- Sé que no tienes ninguna
patología mental. Sin embargo yo te
aconsejo que lo veas
- Pero si es un médico de locos.
- Que no, ¡tonta!, un
psicoanalista es un médico como cualquier otro y además en esta casa y en este país
todos estamos locos perdidos. Unos más que otros
Inspirada por la deplorable
actitud de los que sabían más, Yamna sonrió prudentemente.
Desde entonces, cada vez que
se encontraba en su exigua alcoba, analizaba mil veces la receta del Doctor
Turrégano « Que Dios me perdone, este nasrani[8] lo conoce todo...
todo hasta el futuro ».
- El sentido del esfuerzo,
contestó R’Kucha cuando Yamna le contó con admiración la amabilidad, el
humanismo y la calidad de las palabras del psicoanalista español, tetuaní de
pura cepa y servidor de una sociedad que quería y cuidaba como si fuese su
propia familia
- Como si estuvieras con tu
padre o, en mi caso, con mi hermano
- Tetuán y su perturbada mente
le debe mucho a este caballero
[1] En
persa, planta araliácea trepadora que crece en el desierto y que se pega a los árboles o rocas.
[2]
Nuestra casa o nuestro hogar
[3] Aldea en las cercanías de Tetuán
[4] Comida típica marroquí
[5]
Profeta Muhammad ( SAS )
[6] Corán.
96 : 1,2,3,4 y 5
[7] Manicomio
con nombre de un santo musulmán
[8]
Extranjero, español en el léxico tetuaní
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