Como señalado al término de la publicación
de “11-M: Madrid 1425”,
hoy comenzamos la publicación, por capítulos, otra novela del mismo autor (Said
Jedidi): Yamna o Memoria Intima. Se trata del relato de los sobresaltos que ha
conocido la vida de la familia de uno de los presuntos autores de los atentados
de Atocha en Madrid, y sobre todo, el destino de sus padres al conocer que su
hijo formaba parte de aquél grupo terrorista.
(A modo de prólogo)
De
Tetuán a Jamaa L’ Fnaa
Yamna, o historia íntima
de Said JEDIDI
Por Abdellatif LIMAMI
Universidad
de Rabat
Yamna, o historia íntima, es el último relato publicado por Said JEDIDI,
periodista y escritor marroquí en lengua española.
Si Said JEDIDI, como
periodista, cuenta ya con una trayectoria
que no es posible ni definir ni delimitar aquí (mis estudiantes de hispánicas
de Fez lo compararon con motivo de un encuentro celebrado en la Universidad de esta
ciudad a este león de Ifrán, que todas las cámaras acechan), su vocación de escritor ha estallado últimamente
con la publicación de unos cuantos relatos: Grito primal (2001), Autodeterminación
de invernadero (2002) y Precintado (2005)
La novela consta de siete capítulos, cada uno con, o sin
sus respectivas subdivisiones. En este mismo número siete encontramos la
totalidad espacio tiempo que el escritor-periodista anhelaba abarcar; una suma
de experiencias tanto familiares como profesionales que le apretaban desde hace
tiempo el pecho y que estallan hoy –como en las demás ficciones suyas- a través
de la pluma :
-
el aquí en su
diversidad (Marruecos en general, Tetuán en particular) y el allá (que arranca
con el vecino España, y se extiende hasta Medio Oriente);
-
el ahora (El final del
siglo pasado (que es el tiempo de la narración) y el antes (que es una
retrospectiva de la historia de Marruecos (la de Tetuán en particular).
Las siete
subdivisiones llevan los siguientes y cuán significativos títulos: “Él…”; “Ella…”; “Fuego lento”; Inyección
letal”; “Secreto de sumario”; “Contraseña” y “Memoria íntima”.
Si nos fijamos tanto
en el título como en la distribución de los capítulos, nos damos cuenta que
toda la carga simbólica recae sobre los personajes: “Él…” (Ami o Sidi Abdeslam)
y sobre todo “Ella” cuyo nombre (Yamna) está contenido en el título como llave
que permite la apertura del enigmático y laberíntico mundo en que transcurren
los acontecimientos.
“ÉL…” es un tetuaní de
pura cepa, ubicado en Martil. Tiene 64 años y es asmático. Desde el principio,
prevalece de su comportamiento este afán que tiene de consultar cada día la
oficina de la compañía aérea marroquí (Royal .Air .Maroc) para saber los
horarios de los vuelos hacia España; una actitud más sicológica que real o
efectiva, ya que el personaje ni tiene pasaporte, ni dispone de los requisitos
para obtenerlo. Es que su alma, y como lo afirma el narrador “estaba en algún punto de la geografía de
España”.
En su aspecto
misterioso y en su dimensión metafórica, el personaje brilla por las
contradicciones que hacen de nosotros los seres humanos que somos. Si ama el
ruido de los pájaros, y es amante de las utopías y de las dimensiones oníricas,
es también machista, burlón e insensible por lo que siente el prójimo. Lo más
importante para este hombre que conoce Tetuán más que nadie, que fue “muchas cosas/…/todas las cosas”, y que
nunca pensó en ser ni héroe ni mártir,
es “hacer surgir las fuertes
sensaciones” y hacer que sus anécdotas sean “una discreta solemnidad de la frustración de toda una población”.
En cuanto a Yamna, de
44 años, nacida, dicen, de una relación
extra conyugal, es una solterona sin
esperanza que pasaba el día contemplando sus arrugas frente a un espejo, como
una ascética que desafía la vejez.
Dentro de su superficialidad e inocencia, encarnaba una “inconfortable alianza entre la tragedia y el sarcasmo” y una “extraña armonía entre el dolor y el
sufrimiento”. El vivir no constituía para ella más que “una simple consecuencia” y la salud “una vulgar oportunidad”. Es, dirá el
narrador, “un océano de mediocridad” que
no es más que “la encarnación de su
dolor”, o, según sus propias palabras,
“una de las víctimas de los vendedores de las ilusiones”; una mujer que
vive finalmente entre el sueño y la
realidad, incapaz de comunicar con los demás, hasta tal punto que, “como un cadáver colgado a una pared”, “parecía aferrarse a su espeso e impenetrable
mundo surrealista”.
Entre los dos
personajes, que conviven en un mismo espacio, prevalece una relación de las más
raras e incongruentes. Aún diferentes, ya que “nada predisponía el trágico
cruce de sus respectivos destinos”, eran los dos “cavas de la misma realidad, rica en diversidad pero también en
consecuencias”. Asmáticos son los
dos para empezar; de allí el impacto muto que cada uno ejerce o ha ejercido
sobre el otro: Yamna, se dirá , “marchitó su vitalidad”, “eclipsó
su humor y su salud” y lo
metamorfoseó convirtiéndole en “un
verdadero militante de la memoria”; y él, la entreverá como una criatura “híbrida” que no dejará de maldecir; tal
vez porque sus relaciones oscilan, como lo afirma el narrador, entre el narcisismo y el desprecio; es decir, “una nueva filosofía de la duda” o un “complejo
de culpabilidad”.
En este “romance” se imbrican otros personajes y
otras historietas: la “folklórica
geometría” de la familia dirigida por el patriarca Sidi Mohamed, el
prototipo del buen musulmán, abierto y moderado; Yusuf y Fadl, que implican
otras pautas del diálogo por su perspicacia y por su cultura de la tolerancia;
Jay Larbi, un rifeño color muralla, más pobre que una rata; Maalam Sellam, cuya
forma de vestir le daba el aspecto de un personaje del “renacimiento egipcio”…….
Pero allí también está la tortuga, como signo de
la vida, y cuyo poder, se piensa, curará
los dos protagonistas del asma de que sufren (“una apología de la terapia”). La tortuga aquí como un símbolo que
se extiende sobre todas las zonas del imaginario y que representa el
universo y garantiza la estabilidad y la longevidad. Ami Abdeslam muere sin embargo al final, y
Yamna, desaparece en el decorado dejando un relato trunco que abre al lector
todas las posibles interpretaciones y que le permite al místico Ba Dris, el contador de Jamaa L’Fnaa, dar rienda suelta a su imaginación en un
interminable monólogo destinado a vender al otro sus delirios íntimos en que se
mezclan y entrecruzan Yamna y la tortuga: una verdadera “tortulagamia” y un
verdadero relato ecuménico que nadie entendió.
Pero como el
texto, muchas veces, es tan sólo un pretexto,
el conglomerado de personajes y romances le permite a Said JEDIDI tocar
otras llagas y mover los recuerdoa:
-
la agonía
del orgulloso y viejo Tetuán, “inapto a
participar en la arquitectura política del país”, y que despojan de su
ferrocarril y de sus árboles para
construir jaulas en cemento; pero que es
a la vez la morada de héroes y leyendas (Abdelkrim, Ben Aboud, Torres…) y un
lugar pacífico;
-
el patético
relato de las familias andalusíes que conservan todavía la llave de su casa de
“allí” por si acaso…;
-
el estatuto
de la mujer y de las criadas, en busca todavía de un espacio donde asentar sus
legítimos derechos;
-
Los lugares
de la vergüenza, que recuerdan los años de plomo por los cuales pasó el país
(Huerta R’Humi, Casa Bricha…)
-
El “contigo me matas y sin ti me muero” de la vecina
inmediata, España, todavía en el corazón de los norteños con una retrospectiva
de estas relaciones desde los años del protectorado;
-
El espinoso e inacabado problema palestino que se
considera como un despojo y arrebato histórico en el que contribuyeron muchos y
tantos….
Son aquí algunas de las problemáticas que se tejen
en los discursos protagonizados por los personajes de Said JEDIDI en este
relato casi autobiográfico. En efecto, si el destino del autor lo ha asentado
en Rabat, ha permanecido más tetuaní que nunca, guardando en su pecho la brisa
del mar de Martil, los rincones más ocultos de la ciudad, los personajes más
representativos de la infancia….en fin, una cosmovisión callada durante años, y
que estalla hoy en mil pedazos ofreciéndole al lector, quizás, uno de los
últimos testimonios de los hijos legítimos de la Paloma Blanca.
Como señalado al término de la publicación
de “11-M: Madrid 1425”,
hoy comenzamos la publicación, por capítulos, otra novela del mismo autor (Said
Jedidi): Yamna o Memoria Intima. Se trata del relato de los sobresaltos que ha
conocido la vida de la familia de uno de los presuntos autores de los atentados
de Atocha en Madrid, y sobre todo, el destino de sus padres al conocer que su
hijo formaba parte de aquél grupo terrorista.
YAMNA
O
MEMORIA ÍNTIMA
Por
SAID JEDIDI
(A modo de prólogo)
De
Tetuán a Jamaa L’ Fnaa
Yamna, o historia íntima
de Said JEDIDI
Por Abdellatif LIMAMI
Universidad
de Rabat
Yamna, o historia íntima, es el último relato publicado por Said JEDIDI,
periodista y escritor marroquí en lengua española.
Si Said JEDIDI, como
periodista, cuenta ya con una trayectoria
que no es posible ni definir ni delimitar aquí (mis estudiantes de hispánicas
de Fez lo compararon con motivo de un encuentro celebrado en la Universidad de esta
ciudad a este león de Ifrán, que todas las cámaras acechan), su vocación de escritor ha estallado últimamente
con la publicación de unos cuantos relatos: Grito primal (2001), Autodeterminación
de invernadero (2002) y Precintado (2005)
La novela consta de siete capítulos, cada uno con, o sin
sus respectivas subdivisiones. En este mismo número siete encontramos la
totalidad espacio tiempo que el escritor-periodista anhelaba abarcar; una suma
de experiencias tanto familiares como profesionales que le apretaban desde hace
tiempo el pecho y que estallan hoy –como en las demás ficciones suyas- a través
de la pluma :
-
el aquí en su
diversidad (Marruecos en general, Tetuán en particular) y el allá (que arranca
con el vecino España, y se extiende hasta Medio Oriente);
-
el ahora (El final del
siglo pasado (que es el tiempo de la narración) y el antes (que es una
retrospectiva de la historia de Marruecos (la de Tetuán en particular).
Las siete
subdivisiones llevan los siguientes y cuán significativos títulos: “Él…”; “Ella…”; “Fuego lento”; Inyección
letal”; “Secreto de sumario”; “Contraseña” y “Memoria íntima”.
Si nos fijamos tanto
en el título como en la distribución de los capítulos, nos damos cuenta que
toda la carga simbólica recae sobre los personajes: “Él…” (Ami o Sidi Abdeslam)
y sobre todo “Ella” cuyo nombre (Yamna) está contenido en el título como llave
que permite la apertura del enigmático y laberíntico mundo en que transcurren
los acontecimientos.
“ÉL…” es un tetuaní de
pura cepa, ubicado en Martil. Tiene 64 años y es asmático. Desde el principio,
prevalece de su comportamiento este afán que tiene de consultar cada día la
oficina de la compañía aérea marroquí (Royal .Air .Maroc) para saber los
horarios de los vuelos hacia España; una actitud más sicológica que real o
efectiva, ya que el personaje ni tiene pasaporte, ni dispone de los requisitos
para obtenerlo. Es que su alma, y como lo afirma el narrador “estaba en algún punto de la geografía de
España”.
En su aspecto
misterioso y en su dimensión metafórica, el personaje brilla por las
contradicciones que hacen de nosotros los seres humanos que somos. Si ama el
ruido de los pájaros, y es amante de las utopías y de las dimensiones oníricas,
es también machista, burlón e insensible por lo que siente el prójimo. Lo más
importante para este hombre que conoce Tetuán más que nadie, que fue “muchas cosas/…/todas las cosas”, y que
nunca pensó en ser ni héroe ni mártir,
es “hacer surgir las fuertes
sensaciones” y hacer que sus anécdotas sean “una discreta solemnidad de la frustración de toda una población”.
En cuanto a Yamna, de
44 años, nacida, dicen, de una relación
extra conyugal, es una solterona sin
esperanza que pasaba el día contemplando sus arrugas frente a un espejo, como
una ascética que desafía la vejez.
Dentro de su superficialidad e inocencia, encarnaba una “inconfortable alianza entre la tragedia y el sarcasmo” y una “extraña armonía entre el dolor y el
sufrimiento”. El vivir no constituía para ella más que “una simple consecuencia” y la salud “una vulgar oportunidad”. Es, dirá el
narrador, “un océano de mediocridad” que
no es más que “la encarnación de su
dolor”, o, según sus propias palabras,
“una de las víctimas de los vendedores de las ilusiones”; una mujer que
vive finalmente entre el sueño y la
realidad, incapaz de comunicar con los demás, hasta tal punto que, “como un cadáver colgado a una pared”, “parecía aferrarse a su espeso e impenetrable
mundo surrealista”.
Entre los dos
personajes, que conviven en un mismo espacio, prevalece una relación de las más
raras e incongruentes. Aún diferentes, ya que “nada predisponía el trágico
cruce de sus respectivos destinos”, eran los dos “cavas de la misma realidad, rica en diversidad pero también en
consecuencias”. Asmáticos son los
dos para empezar; de allí el impacto muto que cada uno ejerce o ha ejercido
sobre el otro: Yamna, se dirá , “marchitó su vitalidad”, “eclipsó
su humor y su salud” y lo
metamorfoseó convirtiéndole en “un
verdadero militante de la memoria”; y él, la entreverá como una criatura “híbrida” que no dejará de maldecir; tal
vez porque sus relaciones oscilan, como lo afirma el narrador, entre el narcisismo y el desprecio; es decir, “una nueva filosofía de la duda” o un “complejo
de culpabilidad”.
En este “romance” se imbrican otros personajes y
otras historietas: la “folklórica
geometría” de la familia dirigida por el patriarca Sidi Mohamed, el
prototipo del buen musulmán, abierto y moderado; Yusuf y Fadl, que implican
otras pautas del diálogo por su perspicacia y por su cultura de la tolerancia;
Jay Larbi, un rifeño color muralla, más pobre que una rata; Maalam Sellam, cuya
forma de vestir le daba el aspecto de un personaje del “renacimiento egipcio”…….
Pero allí también está la tortuga, como signo de
la vida, y cuyo poder, se piensa, curará
los dos protagonistas del asma de que sufren (“una apología de la terapia”). La tortuga aquí como un símbolo que
se extiende sobre todas las zonas del imaginario y que representa el
universo y garantiza la estabilidad y la longevidad. Ami Abdeslam muere sin embargo al final, y
Yamna, desaparece en el decorado dejando un relato trunco que abre al lector
todas las posibles interpretaciones y que le permite al místico Ba Dris, el contador de Jamaa L’Fnaa, dar rienda suelta a su imaginación en un
interminable monólogo destinado a vender al otro sus delirios íntimos en que se
mezclan y entrecruzan Yamna y la tortuga: una verdadera “tortulagamia” y un
verdadero relato ecuménico que nadie entendió.
Pero como el
texto, muchas veces, es tan sólo un pretexto,
el conglomerado de personajes y romances le permite a Said JEDIDI tocar
otras llagas y mover los recuerdoa:
-
la agonía
del orgulloso y viejo Tetuán, “inapto a
participar en la arquitectura política del país”, y que despojan de su
ferrocarril y de sus árboles para
construir jaulas en cemento; pero que es
a la vez la morada de héroes y leyendas (Abdelkrim, Ben Aboud, Torres…) y un
lugar pacífico;
-
el patético
relato de las familias andalusíes que conservan todavía la llave de su casa de
“allí” por si acaso…;
-
el estatuto
de la mujer y de las criadas, en busca todavía de un espacio donde asentar sus
legítimos derechos;
-
Los lugares
de la vergüenza, que recuerdan los años de plomo por los cuales pasó el país
(Huerta R’Humi, Casa Bricha…)
-
El “contigo me matas y sin ti me muero” de la vecina
inmediata, España, todavía en el corazón de los norteños con una retrospectiva
de estas relaciones desde los años del protectorado;
-
El espinoso e inacabado problema palestino que se
considera como un despojo y arrebato histórico en el que contribuyeron muchos y
tantos….
Son aquí algunas de las problemáticas que se tejen
en los discursos protagonizados por los personajes de Said JEDIDI en este
relato casi autobiográfico. En efecto, si el destino del autor lo ha asentado
en Rabat, ha permanecido más tetuaní que nunca, guardando en su pecho la brisa
del mar de Martil, los rincones más ocultos de la ciudad, los personajes más
representativos de la infancia….en fin, una cosmovisión callada durante años, y
que estalla hoy en mil pedazos ofreciéndole al lector, quizás, uno de los
últimos testimonios de los hijos legítimos de la Paloma Blanca.
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