Nadie pudo saber nunca ni
de dónde vino ni cómo llegó a esta casa. Ella tampoco. Pero todos comentaban
generosamente su « estado de espejo ». Algunos afirmaban, sin pruebas, que Yamna,
soltera y con pocas esperanzas de que lo dejara de estar y que ignoraba su
edad, tenia, desde siempre, su rivera secreta en caso de un naufragio familiar.
- No se cansa
- Ponte en su lugar y..
- No gracias estoy bien donde
estoy
Yamna se pasaba horas en
espejos de diferente tamaño observando sus arrugas. A veces, en gesto
de semi-locura, sonreía y afirmaba
triste que tenía una extraña sensación de que siempre habla a un auditorio
distraído.
Emprendió mil veces los
primeros metros de « otro » camino. No soportaba. Siempre regresaba al punto de
partida. Una de sus poquísimas amigas, con excepcionales preferencias sexuales
le había advertido una vez que tenía una « función de identidad negativa ».
- ¿Y qué es eso, Lalla [1]
?
- Que...
No terminó la
explicación. La pobre Yamna se quedó sin saber
lo que era exactamente y pensaba que
casi era mejor.
- Hay tantas cosas que ignoro.
Si no conozco ni mi edad
- Años luz, bromeaba Ami
Abdeslam cuando aún tenía ganas de hacerlo.
A pesar de su estado semi
vegetativo, de su gusto por los factores desencadenantes y de su insoportable
silencio doloroso, Yamna se adaptaba fácilmente. Su integración en las familias
donde « trabajó » fue, según propios y extraños, proverbial. Todo
el mundo la aceptaba con su implacable asma y con su inseparable bolsa de enigmáticos
medicamentos que ningún médico prescribió. A menudo
no la dejaban hacer trabajos duros.
-
Casi me atrevo a decir que mi asma es una providencia, comentaba
irónicamente cuando le decían que no debìa hacer
esfuerzos.
Conciente de la
aceptación del desenlace de su destino, hacía, cuando cesaba su concierto de lamentaciones,
lo que nunca hizo en tiempo útil: determinar con exactitud si aquél océano era
de piedad o de desprecio. Sin lograrlo,
se negaba a admitir que la vida era insípida, no porque se sintiera a gusto,
sino simplemente sabía que no parecía en nada a lo que siempre soñó ser
o…estar.
- De hecho, Yamna ¿Que te
gustaría ser?
- No lo sé. Tantas cosas. A lo
mejor lo que soy ahora
- Que eres una santa… muy
especial
De inocente, Yamna pasó a
ser superficial e incluso sospechosa. Sus pocas amigas se preguntaban por qué y
cómo perdió su irreducible gusto por la verdad.
Con su prefabricada
sonrisa « pret à porter », comenzaba a considerar su asma como una
fatalidad beneficiosa...como un ocio hedonista... como un medio incierto de
escapar a su destino.
- Todo esto es de Dios, solía comentar.
- Todo es de Dios, incluidos
los remedios.
- Personalmente no sé cómo
sería sin asma.
- ... Sólo Dios lo sabe. No te
preocupes tienes asma pero tienes otras cosas..
- ¿Qué quieres decir?
- Nada
Por haber ensayado
tantas, poco le importaban las sugerencias. Las más costosas las consideraba como
un insulto supremo. Para ella todo se convertía en ficticio. Se pasaba la
vida buscando algo real que pudiera servir de tono y de ser posible de la
crónica de su fatalidad anunciada.
- ¿Y Ben Karrich? [2]
Le recordó Fdila, una amiga con silueta continuamente nerviosa y una mirada
devoradora
- Ya sabes que pasé allí seis
meses.
- Insuficientes... Debías permanecer
un poco más.
- Lo sé, pero resulta que era
inútil.
- Lo tuyo, entonces es algo de
Jin.
- No lo sé.
- Por qué no te vas a L’auina[3]
Más que viva, atada a la
vida, cuando sufría, Yamna ilustraba la inconfortable alianza entre la tragedia
y el sarcasmo y cuando se sentía un poco mejor, la
extraña armonía con el dolor y el sufrimiento. Por ello pasaba con la velocidad
de la luz de una carcajada al llanto y del uso al abuso.
Con su pelo, aunque
deslucido, aún color a trigo, sus dilatados ojos negros, propios de quien
estuviera a medio camino entre la vida y la muerte y su piel naranjilla, a Yamna le era difícil imaginar una vida sin su largo
y doloroso combate contra lo que calificaba de « destino muy grande para mi ».
Siempre encontraba nuevos
sabores a las cosas.
En su caso, la muerte
sería un tributo pagado a tanta
perseverancia. Poco a poco, la reflexiòn se convirtióó para ella, en un
tiempo.
Desde hacìa años, dejó de
considerar la vida como una finalidad. « Es una simple
consecuencia ». A pesar de lo cual nunca cesaba de dar, con el infortunio de un
aristócrata en quiebra y con una gran sensibilidad, las gracias a Dios.
« Al hamdu
Lilah sabahan ua masaan »[4]
Comenzaba a sentirse
cómoda refugiándose en actitudes superfluas, defensivas y a menudo regresivas.
Constataba con aflicción, hábilmente
disimulada, que el único discurso de la verdad era su enfermedad. Sus
frecuentes sobresaltos de lucidez le valieron mucho respeto cuando no
superstición.
- A veces parece una santa.
- Habla como una santa.
- Actúa como una santa.
- Es una santa...
Incluso cuando perdía
razón y paciencia tenía excusas a su comportamiento. En dos palabras o menos
lograba relatar todas las páginas lúgubres de su vida.
- Para mi, ser madre equivale
a tener miedo.
Nadie nunca supo nunca lo
que quería decir y por qué lo decía. La conocìan lo
suficiente como para no atreverse a hacerlo, entre muchas otras cosas porque,
sin explicarlo, Yamna entraría, como ya era habitual en ella, en una
interpretación extensiva.
- Será, tal vez, porque
inspira silencio...
- E incertidumbre
- Algo tiene esta mujer de
misteriosa
- En cambio todos reían cuando
en un malsano juego de palabras, Ami Abdeslam recordaba que Yamna « no sabía lo
que era subir porque siempre bajó ». En alusión, a la vez, a su cada vez más
delicada respiración y a su eternamente degradada situación social y material.
- Con todo esto y encuentran
el medio de envidiarla
- ¿Quién la envidia?
- Tú, ellos,
vosotros, ¡qué sé yo!
- ¿Pero... Qué tiene Yamna para
que la envidien?
- Muchas cosas, la estima del prójimo
por ejemplo. Tiene mucho para que la... Envidien
Ni espectadora ni actriz
pero con una audacia apabullante, Yamna afirmaba categóricamente, que para
ella, « su » Tetuán era, dentro de lo que cabe, el único lugar vivable.
- Aquí, sin que nadie lo sepa,
existe un principio fundamental
- ¿Aprendiste
también principios fundamentales?
- ¿Y por qué no?
de hecho, de esto se trata: un principio simple pero terriblemente controvertido:
separados pero iguales
- ¡ Y dale con
las grandes frases ¡ ¿ Y la
Humedad, la olvidaste ?.
- No. En todas partes hay
humedad. Lo que pasa es que hay humedad y humedad.
- Querrás decir polución.
- No. Quiero decir humedad.
Su acento paradójicamente
categórico ocultaba su abstracta e
irritante pero lógica dejadez.
La buena salud dejó de
ser para ella un sueño para convertirse en una vulgar oportunidad.
Su océano de mediocridad,
encarnación de su dolor, se hacía cada vez más evidente. Su exquísita
lentitud para percibir las cosas, incluidas las más trascendentales o más
locuaz denotaba el alcance de su extraordinariamente simulada desesperanza y su
indiferencia hacia todo y todos.
Más que crisis de calidad
era una crisis de gusto.
- Sigues así y figurarás en
los manuales escolares de la estupidez
- Te lo digo yo. Yamna cree firmemente
que ya que la vida depende de Dios, ella no está condenada…automáticamente
- ¿ Y quién dijo que está
condenada ?.
- Tú, vosotros, ellos. En fin,
todos.
Años después cuando,
según el rumor popular, se casó y tuvo una preciosa niña llamada Nabila, que
nadie nunca conoció, clamó con una
frenética codicia:
- ¡Eureka! Siempre dije que
tenía razón
Luego se fue exactamente
como había venido. Nadie supo o quiso saber nada de su fin. Sin embargo sin
quererlo ni saberlo su fantasma puso en pie de guerra a toda la familia.
Entonces aún no se
conocían términos como terrorismo doméstico o discriminación sexista.
Yamna lo ha creído,
asumido y soportado hasta el final. Las amables injurias y calumnias se
convirtieron en un vago recuerdo de antaño.
Durante años se siguió comentando,
con diferente tono y diversa intención, la conjunción de sus dos
fenómenos más intrigantes: su pasión por los instrumentos de expresión
personal que nadie supo, por más que lo haya intentado indagarlo, de donde se
inspiraba y una modestia desarmante, cuyo origen y procedencia tampoco nadie
pudo jamás determinar.
Una visión más sana de
sus relaciones con todos y cada uno se convirtió en un asunto de notoriedad
pública, casi en una oración póstuma de quien nuca se ha muerto pero se fue
para no volver nunca.
Años después, los grandes
contaban a los pequeños la pequeña historia de Yamna con
exagerada mensurabilidad y con imaginaciones perturbadas.
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