"11-M: MADRID 1425"

Siglos después, con desprecio y gesticulaciones estériles, Muy Malika[1] juraba que en todas nuestras concepciones hay infinitas zonas de oscuridad. « Nunca se debe confiar en la vida », repetía tímida o temeraria, según su humor o el de otros. En su desesperada búsqueda de un instante de gracia sólo encontró compasión. Era conciente aunque nunca lo confesaba: lo suyo no era vida conyugal sino locura doméstica. Una deflagración sentimental. Comunión y cinismo.
Desde hacía mucho tiempo perdió la noción del sentido moral pero aprendió con una incurable curiosidad sociológica la exigencia de la eficacia.
Siglos después, con desprecio y gesticulaciones estériles, Muy Malika[1] juraba que en todas nuestras concepciones hay infinitas zonas de oscuridad. « Nunca se debe confiar en la vida », repetía tímida o temeraria, según su humor o el de otros. En su desesperada búsqueda de un instante de gracia sólo encontró compasión. Era conciente aunque nunca lo confesaba: lo suyo no era vida conyugal sino locura doméstica. Una deflagración sentimental. Comunión y cinismo.
Desde hacía mucho tiempo perdió la noción del sentido moral pero aprendió con una incurable curiosidad sociológica la exigencia de la eficacia.
Ahora vive tratando inútilmente de encontrarle a
su hijo la sombra de un pretexto.
« Fuerte como el sol de mediodía... » Solía
recitar sin terminar nunca el verso o la idea y sin que nadie supiera lo que
insinuaba con aquél verso.
Nadie jamás supo lo que significaba la frase
ni por qué la repetía con tanta
frecuencia.
Las buenas o malas palabras le sirven de poco y a
los que derraman lagrimas introductivas les contesta que su corazón, como el de
Ibn Arabi[2] « es capaz de
todas las formas: el claustro del monje, el templo de los filόsofos, el pasto de las gacelas, la K’aaba del peregrino, las tablas
de la Torah, el Corán… amor es su credo. Doquiera que
dirija sus pasos el Amor seguirá siendo su credo y su fe ».
Heredera de un humor cruel, la vida le dio todo
pero al final le enseñó a no tener nada y a…sufrir. « Dios me lo dio,
Dios me lo quitó, bendito sea Su Santo Nombre ».
—
No digas esto mujer, que es cristiano, le dijo su
homóloga en la mendicidad, Aicha.
—
¿Y que?
—
Pues…nada. Era un consejo. Ya sabes cuánto te quiero.
—
Es que...
—
Ya lo sé. Que yo soy mendiga. Que lo he sido toda mi
vida. Que nací pobre. Y que moriré mendiga.
—
No digas esto, Aicha, le suplicó Muy Malika con los ojos
húmedos. La verdad es que nadie es rico. Nunca se debería confiar en la vida.
Reflexión biótica.
Por su mente pasaron de repente lustros de
violencia psicológica frontal que debίa, no solamente tolerar, sino acatar. Recordό la intimidad doméstica en su Tetuán natal.
Levantó los ojos hacia el cielo y preguntó a su hermana en la desventura:
« ¿Conoces a Hallay[3] ?
».
—
¿A quién?
—
A Hallay.
—
¿Y quien es este?
—
Un persa. Lo que hoy llamamos iraní.
—
Pues… la verdad es que no sé.
—
A ti solo te interesan las limosnas.
—
… Y me basta, se precipitó a responder Aicha como para
decirle a su amiga que era una broma de un gusto dudoso.
—
Escucha esto: « He reflexionado sobre las distintas
confesiones haciendo un esfuerzo por comprenderlas a todas y las considero como
un Principio Único con numerosas ramificaciones ».
—
¿Pero, dónde coño, aprendiste todo esto?
—
Yo... amiga, he sido muchas cosas. Y sόlo en los libros
revelados descubrí que todos somos hermanos, nos parecemos mucho, que no
entiendo por qué tanto odio, tanto rencor, tanta codicia…tanta cultura de
intolerancia y… ¡Despiértate, mujer!
Aicha dormίa profundamente…con su habitual mueca de fugitiva como el fuego en la
noche, apoyándose, como lo solía hacer, en su mejilla izquierda.
Sonreía burlona como si repitiese en su profundo
sueño, por enésima vez su « llevo loca desde hace diez años. Antes fingía ser
normal »
« Otra tentativa inacabada », pensó Muy
Malika antes de rematar es « su encanto discreto. Nunca se interesa por
nada ».
Muy Malika llevaba días sin hablar. De hecho
pasaba semanas sin decir esta boca es mίa. Su ex rango social era de notoriedad pública « lo que le da ahora
más visibilidad », comentaban los muy pocos que la conocían.
Desde que cohabitaba en la puerta de aquella
mezquita con otras desheredadas perdió su sentido táctico. Necesitaba una metamorfosis
social. « O sea un milagro», comentaba en voz baja, pero acentuando las
expresiones de su rostro, eternamente móvil. Sabía pertinentemente que para
sobrevivir era necesario aprender a olvidar las barreras disciplinarias. Por
ello, ni revuelta ni resignada afirmaba
a menudo con una voz temblada «No
quise tomar parte en una violación colectiva de la verdad».
—
Se refiere a las acusaciones contra su hijo, murmuraban
sus amigas.
Cuenta una de sus compañeras que un día se le
ocurrió robarle su rosario que su difunto padre « le había traído de la Meca »
—
Al día siguiente lo volvió a tener, contó la « ladrona »
a sus amigas, media espantada, media hechizada.
—
¿Cómo fue?
—
No lo sé. Lo cierto es que el rosario que le robé y que
ella volvía a lucir entre sus dedos, lo tenia yo escondido. Pero ella no
pronunció una sola palabra. Sólo se ha limitado a disparar sonrisas que…
que...yo qué sé…
—
A lo mejor es otro parecido o…
—
No. ¡Ni hablar!.. El mismo .Mira…
Y se lo enseñó envuelto en un sucio pañuelo de
seda.
—
¿Y el pañuelo?
—
Bueno….
Sin estar presente, Muy Malika conocía en sus más
mínimos detalles las conversaciones entre sus amigas.
—
Todo un éxito de curiosidad, solía comentar con una
extraña mueca.
Cuentan que su, ahora aparente austeridad,
reflejaba la biopsia de un momento de la vida de su hijo que sin darse cuenta,
ella que lo cuidaba como su ojo, se convirtió en un adolescente-bomba[4].
Pero con una dialéctica grosera, ella lo negaba afirmando a menudo, sin dar más
detalles, que « se lo llevó la oscuridad invernal ».
Contaba sin apuros ni desamparos que su hijo Yussef
era objeto de un hostigamiento social. « Se refugió en las drogas hasta que un
día…».
Nunca terminaba la frase…soñaba por la noche y
sufría por la mañana.
« Hasta que un día... ».
Todo el mundo conocía la historia de su hijo Yussef…Todo
el mundo, menos ella o al menos así lo fingía. Pasaba su vida tratando de
disimular su sentimiento culpable y de interpretar su ineptitud seudo
intelectual.
—
Yussef era un santo repetía mil veces cuando hacía falta
—
...Que se convirtió en una bomba ambulante, la respondían
siempre en voz baja.
A pesar del martirio de su paladar debido a
largos e interminables años de consumo de pan y té en todas y cada una de las
comidas del día, a Muy Malika el gusto de aquél Kuskus[5]recordaba
extrañamente algo triste.
De repente se puso a llorar.
—
¿Pero qué te pasa Muy Malika? preguntó su amiga
desarzonada.
—
El maldito Kuskus.
—
Si es riquísimo, mujer. Come y déjate de tonterías.
—
No lo puedo evitar. Nunca podré soportar. Me acuerdo como
si fuera hoy… ahora mismo. Era un Kuskus como este…
—
¡Otra vez! exclamó Aïcha con una mueca burlona.
—
Mi pobre Yussef. Se fue sin saber por qué ni cómo. O
mejor dicho, corrigió precipitadamente, se lo llevaron.- Tu pobre Yussef era un terrorista, enfatizó Aïcha
de manera innata pero sin quitar su mirada del augusto Kuskus.
—
¿Pero qué dices, desgraciada?
—
Digo y repito que con él murieron o mejor dicho mató a
200 inocentes y causó más de 1200 heridos.
—
… y él.
—
Pero él fue el autor. Él lo quiso. Lo provocó, el cabrón.
Con la mirada perdida en busca de la caridad de
los que entraban o salían del santuario, Muy Malika tomaba una postura
disuasiva.
Lo había proclamado muchas veces: las
circunstancias lo hicieron todo y la plasticidad social y religiosa se
encargaron del resto.
—
Fue mi culpa. Si... mi culpa. Yo era y sigo siendo la
única culpable y asumo plena y debidamente mi error.
—
Tu negligencia, querrás decir.
—
Lo que quieras. Lo mío fue, como se dice, peor que un
crimen…un error.
Desde la siniestra obra de su hijo y la posterior
desaparición de su marido, quien, incapaz de soportar las consecuencias
sociales de la « travesura » del hijo optó por «irse», Muy Malika se acostumbró
a más choques que connivencia. Buscaba sin conseguirlo, una moralidad
imposible. La gente la llamaba « la madre del terrorista » a lo que ella
respondía con un vulgar «...tu madre» aunque en el fondo, como afirmaba su
amiga Aicha, comenzaba a concebir, como su hijo, el poder como una relación.
Meditaba constantemente sobre todos los mitos
venerados en esta sociedad.
—
Él era terrorista, tú qué tienes que ver. ¿Por qué vas a
pagar por él?
—
Porque soy su madre...la madre del terrorista…pero muy
buena madre y hasta donde quiera que llegue.
Era su forma de desencanto y de desilusión. Pero
nunca lo admitió y no parecía dispuesta a admitirlo nunca. Era una madurez de
juicio y emoción.
(Mañana segunda parte del primer capítulo)
[1] Madre Malika, en árabe:
apodo con que en Marruecos se indica cariñosamente a las ancianas
[2] Filósofo sufí ( místico)
andalusí
[3] Sufí andalusí ( Murcia
1165-Damasco 1240) citado por M. Chakor en su Sufismo: Cultura de tolerancia
[4] Hombre suicida
(kamikaze).
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