En los documentos encontrados, a raíz de la incursión americana contra su
domicilio en Pakistán en la que resultó muerto, el líder de la organización
terrorista Al Qaida, Oussama Ben Laden, expresa, según fuentes americanas dignas de fe, después
de 12 años del comienzo de los ataques terroristas de su organización, primero
en África del Oeste y luego en Estados Unidos su arrepentimiento y su
remordimiento por lo que llamaba “sangrienta y contra-productiva estrategia” de
su organización. En estos documentos, el que, vivo era el hombre más temible
del planeta, evoca “errores”, “malos cálculos” y “victimas civiles inútiles”.
Si, es verdad, que estas revelaciones ni han sido publicadas, ni asumidas
ni debatidas ni adoptadas.
Sin embargo, de confirmarse, nos inducirían a suponer que se estaba a un
ápice o menos de un giro de 180 grados en los fundamentos ideológicos de Al
Qaida, pero “alguien”, para proteger sus intereses estratégicos vitales,
decidió evitarlo. Por ello no lo mataron hasta cuando se enteraron de la
existencia de esta inflexión ideologica.
¿Quién? ¿Por qué? ¿Cuando?
y ¿Cómo?
Las respuestas pueden ser varias y ninguna. No obstante, el hecho de que,
con el punto de inflexión, la nueva patología terrorista se ha volcado casi
exclusivamente contra los propios musulmanes que no comparten sus criterios
religiosos y morales, contra otros ritos islámicos, contra los chiítas, contra
las minorías, literalmente integradas en las sociedades musulmanes de los países
donde cunde el nuevo síndrome terrorista y donde se desea derrocar sus
regimenes, constituye el comienzo del elemento de explicación del fenómeno y de
su envergadura, su finalidad geopolítica, su alcance geo-estratégico y su
perspectiva en términos económicos y hegemónicos.
Es cierto: “Mejor no saber, que saber mal”. Sin embargo, la fe sin ojos,
ve.
El salvajismo y la barbarie de los actuales grupos terroristas en Irak y en
Siria superan toda imaginación decente, lo que explica, en parte, por un lado,
su carácter absolutamente artificial y la complicidad de, unos con sus medios
morales y materiales, otros con su silencio e in diferencia, todos con su
implicación indirecta e implícita al no llamar al pan, pan y al terrorista en
Siria o en otras partes, lo que es.
Los números de los “combatientes”,
revelados por el centro de investigación americano PEW: 12. 000 Extranjeros
(mercenarios) “combaten” actualmente con Daach, de ellos 3000 tunecinos,
2 500 saudíes y 1500 marroquíes (el ministro marroquí del interior
revelaba hace poco en una rueda de prensa que son 3000), 800 en Rusia y 700
franceses, trazan de manera casi elocuente las coordenadas de la próxima
función terrorista, a menos que el “despiste” del “EI” al asesinar a los dos periodistas
americanos, cambiaran el curso de estos acontecimientos.
Donantes de lecciones, como siempre, los occidentales imponen su punto de
vista sobre el fenómeno: Fracaso de las políticas de integración, especialmente españoles,
franceses, ingleses y estadounidenses. Delicuescencia y decadencia del mundo
árabe e incertidumbre y crispación confesional en los países asiáticos como La India, Pakistán, Afganistán
e incluso Indonesia.
El resto es detalles… Estos occidentales son un caso patológico. Ni
siquiera nos dicen qué diferencia hay entre el Daach en Siria y el Daach en
Irak.
Lo cierto, en todo este abstracto panorama, es que miles de jóvenes desde
diferentes puntos del planeta, de diversas capas sociales, de diferentes
niveles culturales y económicos toman (u obtienen) un boleto simple con destino
a Estambul (una de las capitales de la Alianza Atlántica)
donde saben que van a ser “huéspedes” de la Internacional
Terrorista antes de emprender el camino para matar o morir en
Siria o en Irak por causas que ni son musulmanas, ni son árabes ni son…
humanas.
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