Ayer (sábado 8 de junio) el mariscal
Abdelfattah Sissi prestó juramento en tanto que nuevo presidente de Egipto.
A la ceremonia de paso de poderes concurrieron delegaciones con diferente rango:
Si los países del Golfo así como Jordania han querido marcar una presencia de
alto nivel, los países occidentales han optado por el servicio mínimo como por
ejemplo Estados Unidos que se limitaron a enviar a un simple consejero del
secretario de estado.
Por su parte, Marruecos fue representado por su canciller.
De hecho, en la representación, el rey Mohamed VI tenía muchas opciones e
iguales inquietudes: Desplazarse en persona, enviar a su hermano el príncipe
Moulay Rchid o al primer ministro.
En Marruecos no hay unanimidad en cuanto al “relevo” al frente de la alta
magistratura en Egipto
Evitando, aparentemente colocar a su primer ministro cuya posición y la de
su partido PJD es, directa o indirectamente hostil a la evicción del ex
presidente, el rey optó finalmente por el ministro de exteriores y cooperación.
El monarca marroquí hubiera podido enviar a un embajador o a un ministro
que no fuera el de asuntos exteriores. Ello hubiera marcado una postura
política para con el antiguo y el nuevo régimen e ilustrado una postura
respecto al proceso político en Egipto hasta ahora sutilmente observada. Sin
olvidar la “preferencia” de los hermanos del Golfo todos felices y entusiastas
con la evicción del ex presidente islamista Mohamed Morsi.
En síntesis: encargar al jefe de la diplomacia representar al país en la investidura
de un jefe de Estado, inmediatamente después de un mensaje de votos y de felicitaciones
indica que las relaciones entre El Cairo y Rabat son estables y normales… sin más.
Pero enviarlo al país que puso fin a la llamada “Primavera árabe”, en un momento
en que el soberano se encuentra en una visita prolongada y particularmente amistosa
a Túnez , cuna de esta “Primavera árabe” constituye una señal fuerte que no se debe
descuidar.
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