Una fuerte polémica sacude actualmente en Marruecos la toxicidad del maíz
genéticamente modificado, porque este producto, clasificado como tóxico, está
siendo, según algunas asociaciones de consumidores, comercializado en Marruecos
sin que ninguna decisión radical haya sido tomado al respecto hasta ahora.
No obstante, según el presidente de la federación de protección de los
consumidores, Bouazza Kherrati “desde que el maíz genéticamente modificado comenzó
a invadir los mercados internacionales, Marruecos ha tomado una serie de
precauciones en el mercado nacional”.
En el ministerio marroquí de agricultura nadie ha dicho esta boca es mía.
Probablemente, lo que no impide señalar que el ministerio francés de
agricultura anunció recientemente haber prohibido la comercialización, la utilización
y el cultivo de este maíz (MON 810) producido por un grupo americano, Minsato. “El
principio de precaución justifica la adopción de medidas restrictivas”. Lo
dice, no el ministerio marroquí de agricultura sino el francés que precisa “habida
cuenta de datos científicos fiables y resultados de recientes investigaciones internacionales,
el cultivo de variedades de semillas de maíz MON 810 sin medidas de gestión
adecuadas representarían graves riesgos de propagación de organismos molestos
que se convierten en resistentes”. Tampoco son palabras de nuestro ministro de
agricultura, sino de su homologo francés, de donde la polémica antes
mencionada.
De hecho ¿Quién protege a los marroquíes?
O mejor dicho: ¿Quién nos debería proteger el ministerio de agricultura
marroquí o francés?
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